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28 de Octubre de 2020: Pensamientos sobre el texto bíblico

28.10.2020

photo: P. Johanning

“Y los hijos de Israel también volvieron a llorar y dijeron: ¡Quién nos diera a comer carne! Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos; y ahora nuestra alma se seca; pues nada sino este maná ven nuestros ojos” (Números 11:4-6).

El pueblo de Israel se encontraba en el desierto, en camino hacia la tierra prometida. Durante 400 años los israelitas habían vivido como esclavos en Egipto (Gn. 15:13). Pero Dios cumplió sus promesas y condujo al pueblo a la libertad por medio de Moisés. Sin embargo, no todos los israelitas supieron apreciar lo suficiente el milagro que Dios había hecho.

Falta de confianza en las promesas de Dios

Durante varias generaciones, los israelitas se habían acostumbrado a la esclavitud. Por eso todavía no eran capaces de ver claramente la imagen de la nueva vida en libertad que les había sido prometida. La travesía hacia la tierra prometida les parecía ardua y frustrante.

La cita bíblica menciona diversos alimentos a los que el pueblo de Israel podia acceder en Egipto. En su éxodo, con tantas privaciones, los israelitas comenzaron a comparar esos alimentos con el maná que venía de Dios, que les parecía monótono y aburrido. Pero el maná era provisto por Dios como una dádiva duradera para el tiempo que llevase la marcha por el desierto. Era una dádiva de gracia que servía para conservar la vida. Evidentemente, aquellas personas en ese momento no eran conscientes de la contradicción entre glorificar las antiguas costumbres de alimentación y de vida, durante la esclavitud, y una vida futura en libertad.

La promesa divina, hoy

Dios envió a Jesucristo, que para nosotros es “la comida que a vida eterna permanece” (Jn. 6:26-27). Tras su muerte en sacrificio, Jesús regresó con el Padre, prometiendo preparar el lugar para los suyos y venir otra vez (Jn. 14:2-3). Esta promesa es central en nuestra fe. Cuando nos ocupamos de ella queda claro que nosotros también nos tenemos que preparar para este futuro. ¿Acaso no estamos expuestos a peligros similares a los de aquellos israelitas?

Certezas

También hoy la promesa de Dios podría parecernos una utopía inimaginable. Especialmente si quienes nos rodean cuestionan la lógica y la comprensión de nuestra esperanza futura. Con el intelecto es difícil de comprender el futuro que nos fue prometido. Únicamente la confianza en Dios nos da la certeza.

Dios da su Espíritu

En el Evangelio de Juan, Jesús promete el envío del Espíritu Santo, “el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros” (Jn. 14:16-17).

Hoy Dios, el Espíritu Santo, a quienes hemos sido bautizados y sellados con el don del Espíritu Santo nos da la posibilidad de creer y de ir ganando reconocimiento del plan de Dios. Lamentar la pérdida de algo bueno del pasado no debe nublar nuestra mirada sobre lo bueno en el presente y el futuro.

Cuando pensamos en la meta de nuestra fe, a veces nos faltan imágenes para representarla. Aun así, nunca debe convertirse en una mera utopía (un lugar que no existe).

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