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9 de Septiembre de 2020: Pensamientos sobre el texto bíblico

09.09.2020

foto: P. Johanning

“Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, en cuyo corazón están tus caminos” (Salmos 84:5). Salmos 84 es un himno que recitaban o cantaban los peregrinos en el pesado camino al templo. Este camino a veces era ciertamente peligroso, por lo que se pedía a los peregrinos que confiaran en la protección de Dios. Confiar en Dios, como deja claro la palabra de nuestro salmo, significa que uno no depende de sus propias fuerzas, sino de la fortaleza y el poder de Dios.

Hay muchas personas en el Antiguo y el Nuevo Testamento que se han comportado de esta manera. Pensemos en Abraham, a quien Dios exhortó a abandonar su tierra (Gn. 12:1); en el criado de Abraham, que fue enviado a encontrar una esposa para Isaac (Gn. 24:56); en los israelitas en su éxodo a través del desierto o en los hombres y mujeres que peregrinaron con Jesús por las ciudades y pueblos de Palestina.

El peregrinaje del cristiano

Los cristianos saben que sobre la tierra no tienen una ciudad permanente (He. 13:14). Por lo tanto, no se encuentran en el camino a un templo terrenal, sino en un peregrinaje que tiene como meta la Jerusalén celestial, la nueva creación. Quien peregrina a la ciudad permanente orienta su vida al Evangelio y en el camino ya experimenta un anticipo del reino de Dios en Jesucristo. Quien emprende este viaje debe ser consciente de las dificultades que pueden surgir en él. Confía en que las fuerzas que necesita para el viaje vienen de Dios. Por eso, Salmos 84:5-6 dice: “Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, en cuyo corazón están tus caminos. Atravesando el valle de lágrimas lo cambian en fuente, cuando la Lluvia llena los estanques”.

Cuanto más tiempo dura un viaje y si en su transcurso surgen problemas, más difícil se vuelve. Confiar siempre en Dios, incluso cuando Él parece guardar silencio, no es fácil. La Sagrada Escritura testifica en muchos ejemplos la fidelidad de Dios.

Él escucha nuestro clamor, se inclina hacia nosotros, nos saca del pozo y pone nuestros pies sobre la peña enderezando nuestros pasos (Sal. 40:1-3).

En el peregrinaje aumenta el reconocimiento

Durante el peregrinaje uno debería ocuparse de la meta. Solo si lo hace, uno sigue caminando motivado, de lo contrario es posible que interrumpa el viaje porque ya no le encuentra sentido. En términos concretos, esto significa que debemos dedicarnos al Evangelio para comprenderlo con mayor profundidad.

Nuestra visión y nuestra relación con Dios, en nuestra vida y con nuestro prójimo, se intensifican. Entonces podemos estar tranquilos y contentos, incluso cuando hay obstáculos.

Juntos en el peregrinaje

Dios no nos deja solos en este camino. Pone a nuestro lado hermanos y hermanas, con los que compartimos el recorrido. Así es posible apoyarnos y alentarnos mutuamente.

Cuando uno está de viaje y tiene que cargar su propio equipaje, solo lo llena con lo estrictamente necesario. Entonces se fijan prioridades y se reflexiona bien sobre cómo manejar el tiempo y las fuerzas. ¡No nos carguemos de cosas que nos hagan más pesado nuestro andar a la ciudad permanente!

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