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2 de Septiembre de 2020: Pensamientos sobre el texto bíblico

02.09.2020

foto: P. Johanning

“A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos. Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos” (1 Timoteo 6:17-18).

El texto bíblico para esta hora de recogimiento proviene del capítulo final de la primera epístola a Timoteo, que se ocupa del orden en la comunidad, los deberes de los portadores de ministerio y el comportamiento de los miembros de la comunidad. La Iglesia cristiana de fines del siglo I, cuando se escribió la epístola, era un reflejo de la sociedad antigua. En ella ya no solo había pobres, necesitados y esclavos, sino también personas adineradas o ricas. En el capítulo final hay una serie de exhortaciones, por ejemplo, a alejarse de los herejes, a practicar la verdadera piedad o a abogar por las autoridades ante Dios.

Advertencia a los ricos

Nuestro pasaje bíblico se dirige directamente a los miembros ricos de la comunidad, de los cuales ya hablaban los versículos 9 y 10. Se les advierte que no deben hacer del esfuerzo por ser ricos su propósito en la vida: “Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición”. Aquí es abordada con toda agudeza la lucha desenfrenada por las posesiones, la codicia por el lujo y el placer. El autor de la epístola no se vuelve contra la riqueza como tal. Un cristiano que posee riquezas materiales no tiene por qué avergonzarse de ellas, ni tiene por qué ocultar nada. Su actitud, sin embargo, debe estar libre de orgullo por el patrimonio que ha logrado, que se ha ganado o que eventualmente ha recibido.

¡Bienaventurado el que reconoce que todo lo terrenal es pasajero, que las riquezas materiales –como todas las cosas terrenales– peligran y son pasajeras! Por eso, hace bien el rico cuando pone su esperanza en Dios, en lugar de tener esperanza y edificar en lo terrenal. Justamente, si ponemos toda la esperanza en Dios se genera una relación adecuada con la riqueza terrenal.

Ser agradecido por lo que uno tiene

La epístola deja claro que Dios es el Dador de toda buena dádiva, y la prosperidad también puede ser considerada una buena dádiva, por lo que puede ser considerada como una bendición. Cuando Dios bendice y ofrece cosas buenas en abundancia, el hombre puede disfrutar de lo bueno. Después de todo, ni siquiera Jesús evitó a los ricos; incluso fue a visitarlos (Lc. 19:2-7). Sin embargo, a través de su encuentro con Jesús llegaron a la conclusión de que debían devolver los bienes adquiridos ilegalmente. El publicano Zaqueo dijo a Jesús: “He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado” (Lc. 19:8).

Quien se siente vinculado con Dios por agradecimiento siente también la necesidad de ofrendarle. Esto no lo entiende como el cumplimiento de una obligación, sino que es una necesidad interior que proviene del reconocimiento de que le debemos todo a Dios. Al mismo tiempo, tal persona no ignora la aflicción y las necesidades de su prójimo. Muestra generosidad y no hace las cosas en su propio interés, sino que da de lo que tiene con alegría. Esta generosidad se evidencia también en el hecho de que a través de su ofrenda o sus donaciones apoya a sus hermanos y hermanas de zonas pobres, para que ellos también tengan lo necesario en términos espirituales y materiales.

Dios mismo es generoso, y en este aspecto también queremos seguirlo.

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