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10 de junio de 2020: Pensamientos sobre el texto bíblico

10.06.2020

foto: P. Johanning

“Respondió Rut: No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios” (Rut 1:16).

La historia de Rut, de la que fue tomado el texto bíblico para la hora de recogimiento de hoy, nos lleva a una época en la que Israel estaba dirigida por los llamados jueces, por hombres y mujeres destacados. En ese tiempo se produjo en Israel una hambruna. Por eso, Noemí y su esposo se mudaron con sus hijos de Belén a la ciudad vecina de Moab. El esposo de Noemí murió en el extranjero y sus dos hijos se casaron con mujeres moabitas llamadas Orfa y Rut. Pero los dos hijos de Noemí también murieron. Tiempo después Noemí se enteró de que la situación en Israel había mejorado y resolvió volver a casa. Noemí quiso dejar atrás a sus nueras y volver sola a Israel. Mientras Orfa permaneció en Moab, Rut insistió en acompañar a Noemí. Noemí y Rut llegaron con las manos vacías a Belén, donde recibieron la ayuda de un pariente de Noemí llamado Booz, quien finalmente se casó con Rut. Todo tiene un buen final.

Fidelidad

Rut, como sabemos, se quedó con Noemí. Se fue con ella a una tierra extranjera sin saber qué les esperaba. No podía contar con la ayuda de otras personas. Ella misma quería ayudar por fidelidad y amor a su suegra. Qué reconfortante es cuando también nosotros tenemos a personas que nos acompañan en los caminos difíciles. Que no nos abandonan cuando estamos en una situación desesperada, sino que se ocupan de nuestros problemas. La relación entre amigos o incluso en la pareja se caracteriza precisamente por el hecho de que es sustentada por el amor y la fidelidad.

Rut demostró que era fiel a Noemí no solo yendo con ella a un lugar que le era ajeno, sino también dejando atrás lo que ella consideraba divino y significativo. Dijo: “Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios”. Esta afirmación no es más que una confesión de fe en Israel, el pueblo elegido, y en su Dios, el único Dios. Tal vez Rut llegó a hacer esa confesión por el ejemplo de Noemí, que permaneció fiel a Dios pese a la desgracia y el sufrimiento.

El comportamiento de Rut también puede ser un ejemplo para nosotros, para no desesperar y volvernos infieles en alguna situación desesperada, sino recordar que no estamos solos y que pertenecemos a la comunión de los cristianos que reconocen en Jesucristo al único y verdadero Dios.

La ayuda de Dios

La fidelidad de Rut, su entrega al único Dios y su pueblo, es vista por Dios con gracia. Dios no se valió de un milagro para salvar a ambas mujeres, sino de una persona: Booz, pariente de Noemí. Booz las ayudó a salir de su situación adversa y, finalmente, se casó con Rut.

El desenlace de la historia de Rut es conciliador, pero sabemos que incluso los creyentes que confían en el Señor no se libran de desgracias y fracasos. También sabemos que el Señor da las fuerzas para sobrellevarlos. Y que al final también nosotros, que nos orientamos en Dios y nos aferramos a Él incluso en situaciones apremiantes de la vida, podremos experimentar la reconciliación con Él y con nosotros mismos por toda la eternidad.

Hasta entonces, es válido para nosotros que si pertenecemos a los que necesitan ayuda, recurramos a Dios con confianza y pidamos su apoyo. Tal vez este apoyo aparecerá entonces en la forma de una persona que quiere estar a nuestro lado. Si vemos la necesidad de otro, tomemos a Rut como nuestro ejemplo. Si no podemos ayudar a evitar la necesidad, al menos ayudemos para que la otra persona no se quiebre a causa de ella. ¡Vayamos con ella!

Nuestra certeza es que Dios se encuentra con nosotros en nuestro prójimo, en el que necesita ayuda y en el que nos ayuda. Recordemos lo que dijo Jesucristo en la parábola del juicio a las naciones: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mt. 25:40).

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