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13 de mayo de 2020: Pensamientos sobre el texto bíblico

13.05.2020

photo: P. Johanning

“Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Lucas 12:34). El texto bíblico del Evangelio de Lucas, que nos ocupará hoy en esta hora de recogimiento, está relacionado con las palabras de Jesús sobre el reino de Dios. Jesús deja claro cómo es la actitud de una persona que anhela el reino de Dios.

Una característica esencial de esta persona es una fuerte confianza en Dios, que lleva a no permitir que las preocupaciones y necesidades de la vida cotidiana determinen su vida. Jesús dice: “Vosotros, pues, no os preocupéis por lo que habéis de comer, ni por lo que habéis de beber, ni estéis en ansiosa inquietud. Porque todas estas cosas buscan las gentes del mundo; pero vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de estas cosas. Mas buscad el reino de Dios, y todas estas cosas os serán añadidas” (Lc. 12:29-31). Estas son palabras muy pretenciosas y algunos se preguntarán, ¿no se promete y pide aquí demasiado?

El reino de Dios

Jesús habla de las condiciones para entrar en el reino de Dios, es decir, el ámbito de dominio de la justicia y la gracia de Dios. Las demandas de la sociedad, que normalmente se formulan a los seres humanos, de hacer todos los esfuerzos para dar forma a su vida y hacerla exitosa, han perdido aquí su urgencia y su carácter absoluto. La preocupación por la vida, la carrera, las posesiones, que a menudo son la fuerza motriz para movilizar todas las fuerzas, constituye más bien un obstáculo en relación con el reino de Dios. No es aquí la actividad humana lo que se requiere, sino la disposición de dejar que Dios actúe por sí mismo.

Un tesoro en el cielo

Lo necesario que es dejar a Dios que determine los momentos decisivos de la vida, lo deja claro Jesús a través de una afirmación extrema y no completamente realizable en su sentido literal: “Vended lo que poseéis, y dad limosna; haceos bolsas que no se envejezcan, tesoro en los cielos que no se agote, donde ladrón no llega, ni polilla destruye” (Lc. 12:33). El llamado “vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres” también fue escuchado por el joven rico (Lc. 18:22b) y este se fue muy triste. No fue capaz de aceptar verdaderamente la búsqueda del reino de Dios como el centro de su vida. No pudo dejar de lado el cuidado de sus posesiones ni estuvo dispuesto a entregarse incondicionalmente a la gracia y guía de Dios.

Jesús también señala que las posesiones y preocupaciones materiales son temporales y pertenecen solo a la creación terrenal. El que pone su atención en el reino de Dios sin reservas lo ha reconocido y puede perder el miedo a las exigencias a veces abrumadoras de cada día. Las “polillas” destruyen las posesiones, aquello que en el mundo parece tan seguro y espléndido, de repente se vuelve pequeño, desgastado y finalmente se diluye.

Jesús dirige nuestra mirada hacia lo seguro y duradero: “Haceos bolsas que no se envejezcan, tesoro en los cielos que no se agote”. Es por este “tesoro” que debemos preocuparnos. Este tesoro no tiene nada que ver con posesiones materiales, con ingresos, rentas, pensiones o dividendos, porque está albergado en Dios. El reino de Dios, en el que es posible la vida eterna con Dios, es este tesoro. La esperanza de vida eterna nos da una perspectiva de la vida que no puede ser sacudida por nada ni puede ser relativizada por nadie.

Nuestros planes y deseos

La frase, “... donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”, nos da, por así decirlo, una vara para medir. Podríamos decir: Mi aspiración es el reino de Dios y dejo todo lo demás atrás. ¿Pero cómo se sabe que esto es realmente cierto? En el lenguaje de la Biblia, el “corazón” no significa nuestros sentimientos o nuestra vida emocional, sino adónde se dirigen nuestra voluntad, nuestros deseos y planes. Examinémonos: ¿Es para mí realmente la comunión con Dios el centro de mi existencia? ¿Es realmente el verdadero objetivo de mi vida? Si sentimos que en todo tipo de situaciones –en las buenas y en las malas– tenemos en mente el reino de Dios, anhelamos el retorno de Cristo y tenemos el deseo de dar testimonio del Evangelio, podemos estar seguros de que nuestro tesoro está realmente en el cielo y que todos nuestros deseos están relacionados con él.

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