Palabra del mes

Alabar y ser alegres

Noviembre 2002

Quien aprecia la gracia de Dios y la acepta, puede llevar una vida plena, feliz, satisfactoria, sí, ¡una vida rica! No estamos libres de preocupaciones y cargas, tentaciones, enfermedades, penas y pesares, pero la gracia de Dios transmite siempre nuevas fuerzas para soportar, nos da nueva ayuda y nueva bendición. Quien lo vive, tiene motivo para alabar y ser alegre durante toda la vida.

¿Cómo alabamos al Señor? Primeramente a través de la oración. Nadie que quiere alabar seriamente al Padre celestial puede pasar de la oración. En nuestras oraciones alabamos al Señor. También a través de nuestro agradecimiento podemos alabar al Señor. Quizás hay algunos, que no saben muy bien por qué agradecer. Para ello existe solamente una respuesta: ¡Por todo!

TTambién podemos alabar al Señor a través del seguimiento, con la colaboración y a través de nuestro sacrificio. Sobre esta disposición reposa la bendición de Dios, el cual envió a Jesucristo, su Hijo, a la tierra para redimir a los hombres. ¿No podemos estar alegres, viendo este inmensurable amor, gracia y misericordia? Ciertamente hay situaciones que deprimen, en las que uno está triste, insatisfecho y hasta desesperado. ¡Pero esto no tiene que quedar así! En el altar de Dios constantemente nos es ofrecido consuelo, ánimo, fuerza y fortaleza; allí recibimos paz, nuevo valor y alegría, nos encontramos con la oración, en la colaboración y en el seguimiento.

¡Seamos felices en la libertad de los hijos de Dios! No hay mayor libertad que ser liberado de todas las cargas del pecado. Ningún espíritu tiene ya derecho sobre nosotros, ¡qué estado tan maravilloso! Estemos alegres por la ayuda de Dios, que siempre de nuevo podemos vivir. El Padre celestial no interviene siempre de la forma que nosotros imaginamos, desde el punto de vista humano, pero siempre ayuda cuando es necesario.

El punto culminante de nuestra alegría es la celebración de la Santa Cena. Con el pan y el vino consagrado gozamos del cuerpo y de la sangre de Cristo, y por ello tenemos parte en el Señor, que ha vencido a la muerte, ha resucitado y que pronto volverá. El gozar dignamente del la Comunión sana el alma; también esto es un motivo para estar alegres.

El sabio Sirach ya sabía: " El temor del Señor regocija el corazón, da regocijo, alegría y longevidad". (Sirach 1:12). El temor de Dios hace feliz, porque es el principio de toda la sabiduría, nos capacita para encontrar la medida justa y a poner las correctas prioridades y con ello para aceptar y conservar la oferta de gracia de Dios.

Ya aquí sobre la tierra tenemos motivo para estar alegres. Pero la mayor alegría la tenemos por delante: en el día del Señor. En Apocalipsis dice: "Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque nos han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado". (compárese Apocalipsis 19:7). A estas bodas estamos todos invitados, no como invitados sino como ¡Novia del Señor! Y después Dios hará todas las cosas nuevas: un nuevo cielo, una nueva tierra y una nueva Jerusalén; allí tenemos el derecho de ciudadanía. ¡Que alegría y felicidad sentiremos entonces!

(De un Servicio Divino del Apóstol Mayor)

 

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