Palabra del mes

Sabiduría desde lo alto

Julio 2002

Ya Salomón sabía que la verdadera sabiduría sólo la podía regalar el Señor: "Porque el Señor da sabiduría y de su boca viene el conocimiento y la inteligencia". (Proverbios 2:6). Para recibirla se precisa del temor de Dios. "El principio de la sabiduría es el temor del Señor" manifiesta el salmista (compárese Salmos 111:10) Quien puede reconocer la majestuosidad de Dios, puede comprender el sacrificio de Cristo y se puede entusiasmar de la eficacia del Espíritu Santo, siente en su alma el temor de Dios y se inclina con consideración y respecto ante el interminable poder, amor y misericordia de la Trinidad.

¿Qué hay que hacer cuando nuestro comportamiento, nuestro pensar, nuestro manifestar a veces carecen de sabiduría? El Apóstol Santiago muestra el camino: "Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente" (compárese. Santiago 1:5). Este es un buen consejo. Quien tiene falta de ello, no tiene que resignarse y abandonar, sino que puede rogar a Dios por sabiduría. Si esto ocurre por temor de Dios, la sabiduría se puede desarrollar sobre esta base.

El Apóstol Santiago muestra también el efecto que tiene la sabiduría regalada por Dios: "Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía". (Santiago 3:17). Cascadas de virtudes divinas surgen de la sabiduría. Aceptémoslas, para que estos dones se manifiesten. Queremos ser pacíficos y no ser llevados de aquí para allá por la discordia, queremos dejarnos decir algo, incluso cuando a veces no nos gusta, queremos ser humildes, llenos de misericordia y traer buenos frutos. ¿Cuáles son estos buenos frutos? La fe, el amor y la esperanza, la fidelidad y la paz, la alegría y la fuerza. Queremos ser imparciales y sin hipocresía. Todo ello crece con la sabiduría.

Queremos crecer en el reconocimiento y en la inteligencia. El reconocimiento aumenta por la palabra de Dios. Aceptándola en nosotros, entramos cada vez más profundamente en el conocimiento del plan de redención de Dios y reconocemos cada vez de forma más clara lo bueno y lo malo y lo que el Señor espera de nosotros. Y si además de ello tenemos la inteligencia de practicar lo bueno y evitar lo malo, entonces nos hemos acercado bastante más al ser de Jesús.

Quien es sincero consigo mismo, reconoce así dónde aún le falta algo, pide ayuda y fuerza desde lo alto y finalmente pone toda su voluntad; a ese Dios le permite que lo consiga. Ni a los inteligentes, ni a los superdotados, ni a los poderosos, ni a los ilustrados, ni a los influyentes, sino a los sinceros es dada la promesa. Son todos aquellos que sinceramente, verdaderamente, con franqueza y con todas sus fuerzas se empeñan en seguir la palabra de Dios y seguir su voluntad. Ellos alcanzarán la meta de la fe y en la segunda venida de Cristo recibirán su salario. Él guarda a los fieles, que sinceros e invariables se entregan al Señor en el camino hacia allí.

(De un Servicio Divino del Apóstol Mayor)

 

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