Palabra del mes

Salud del alma

Abril 2002

La salud corporal es uno de los bienes terrenales más preciados. No se puede comprar; sin embargo se gastan millones en su mantenimiento. La investigación y la ciencia desarrollan cada vez nuevos métodos, técnicas y medicamentos para descubrir las enfermedades, para prevenirlas y sanarlas; hay gran cantidad de industrias que se ocupan en fabricar remedios para cuidar o para recuperar la salud. Pero, ¿quién se ocupa de la salud del alma? El Señor Jesús ha señalado que no sería de provecho al hombre, si ganare todo el mundo pero perdiere su vida o perdiere su alma (véase Mateo 16:26).

Se deduce de ello el gran significado que tiene la salud para el alma. Por lo tanto, ¡procuremos que nuestra alma quede sana! Por ello, sigamos la terapia divina: Aceptar la palabra de Dios y abrazar su gracia. Ya antaño, el centurión pagano de Capernaum había reconocido la fuerza celestial de Jesús y creyentemente manifestó: "Di la palabra, y mi siervo será sano". (compárese Lucas 7: 7). Podemos vincular nuestra fe a la ayuda y el apoyo del Salvador y aplicar la receta divina para la salud del alma.

Igual que sufre todo el cuerpo cuando un órgano enferma, le duele al alma, cuando no damos todo nuestro ser a Jesús. Planteémonos las siguientes preguntas para un "diagnóstico espiritual": ¿Qué ven nuestros ojos internos? ¿Las señales del tiempo? ¿El altar en su elevada grandeza? ¿El envío de Jesús por medio de sus siervos? ¿Podemos reconocer en el reloj divino, en qué momento nos encontramos en la historia de humanidad y del mundo? - Cuando vemos todo ello correctamente, nuestros ojos espirituales están sanos.

¿Cómo ocurre con nuestros oídos? ¿Oímos siempre la voz del Buen Pastor? ¿La llamada del Novio Jesús? ¿Vemos también las exhortaciones que nos quieren guardar del pecado y del alejamiento de Dios? - Si nosotros oímos todo esto, tenemos un órgano auditivo dispuesto y limpio.

¿Y nuestras manos? ¿Están capacitadas y preparadas para recibir los dones divinos, para unirse en oración y para extenderse para la reconciliación? ¿Pueden nuestras rodillas inclinarse todavía ante el Dios todopoderoso, nuestros pies aún nos llevan con agrado a la casa del Señor y que nos lleven hacia adelante por el estrecho camino hacia la meta de nuestra fe? También se puede enfermar de testarudez: Con un cuello rígido, con obstinación, es difícil inclinarse con humildad ante el Señor.

Todavía se podrían citar algunas enfermedades. El ciclo espiritual se trastorna cuando el reino de Dios ya no está en primer lugar, cuando nuestra vida gira únicamente alrededor de las cosas terrenales. El corazón languidece cuando el Altísimo ya no encuentra lugar en él. Prevengámonos ante todo ello, aplicando la medicina divina: La palabra de Dios y la gracia por el sacrificio de Jesucristo. ¡Entonces el alma queda fuerte y sana!

(De un Servicio Divino del Apóstol Mayor)

 

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