Palabra del mes

En el jardín del Señor

Octubre 2001

La vida interior de algunas personas es semejante a un desierto, algún que otro corazón es similar a una tierra árida, porque se cierra al activar de Dios. Esto no debe ser o quedar así, porque ya el profeta Isaías hizo referencia a que el Señor cambiaría "su desierto en paraíso, y su soledad en huerto del Señor" y que "se hallará en ella alegría y gozo, alabanza y voces de canto" (compárese Isaías 51:3).

¿Cómo lo hace el Señor para convertir, de forma espiritual, un desierto, una tierra árida, en un jardín floreciente? Lo hace comparable a la creación terrenal: a través del agua - el agua de la vida que se manifiesta por la palabra del altar; por la luz y el calor del Sol - la luz de la gracia de Jesucristo, la esencia de la vida; por el viento - el viento del Espíritu Santo que fructifica todo y por el rocío - la bendición divina.

Sin embargo también precisa de nuestro esfuerzo para hacer nuestro campo del corazón cultivable. Para ello hay que aportar fe, amor y esperanza. La fe viene de la prédica y la prédica de la palabra de Cristo. Por consiguiente: Quien tiene buena voluntad y se esfuerza sinceramente para aceptar la palabra del altar ¡puede creer! Y quien da espacio al amor, que es derramado por el Espíritu Santo en nuestros corazones, puede vivir como se despliega el amor de Dios y manifiesta obras de amor. La esperanza finalmente revive nuestro anhelo por el día del Señor. Todo esto es necesario, para convertir el desierto, la tierra árida, en el jardín del Señor.

Para que prospere y florezca el jardín del Señor, se precisará de paz. Siempre de nuevo tiene que ser creada. Si la conservamos en nosotros, entonces el sol y la lluvia, el viento y el rocío, los dones del cielo pueden obrar en el campo del corazón y hacer brotar el gozo y la alegría, el bienestar, el consuelo y la fortaleza, y hasta la redención y la bienaventuranza.

Quizás tenemos que cavar algo más profundo en nuestro propio corazón - el temor de Dios da profundidad espiritual y desaloja la envidia, el odio y el deseo de lo mundano. A veces falta un poco de abono, cuando el jardín no quiere crecer y florecer como debería. ¿Qué es el abono para nuestras almas? La espera de la pronta venida del Señor.

Poseemos todo lo que es necesario, para que nuestro corazón pueda ser un maravilloso jardín del Señor. ¿No es asombroso, cuando al lado de gozo y alegría también se encuentran allí agradecimiento y cánticos de alabanza?

(De un Servicio Divino del Apóstol Mayor)