Palabra del mes

Solamente un susurro

Junio 2001

Más de uno desea que Dios interceda con rayos y truenos para poner orden en la salvaje activar del mundo y mostrar de nuevo a los hombres, quién es el Señor de la creación. Pero esta no es su intención; su trabajo de terminación lo realiza y lleva a cabo con suavidad y calma.

El profetas Elías, huyendo de sus perseguidores, se refugió desesperado en una cueva en el Monte Horeb, (compárese 1 Reyes 19). Cuando Dios le preguntó: "¿Qué haces aquí, Elías? " el profeta inició su lamento: "He sentido un vivo celo por el Señor Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han dejado tu pacto, han derribado tus altares, y han matado a espada a tus profetas; y sólo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida". En su lamento se percibe un pequeño reproche: Amado Dios, ¿acaso no ves la injusticia? ¿por qué no intercedes?

El Señor ordenó al profeta salir de la cueva y ponerse en el monte; allí Dios iba a acercarse a él y pasar por su lado. Subió un gran y poderoso viento, que partió los montes y quebrantó las rocas. El Señor, sin embargo, no se encontraba en el viento. Tembló la tierra, pero el Señor tampoco estaba en el terremoto. Seguidamente llegó fuego en el cual tampoco se encontraba el Señor. Cuando finalmente llegó un susurro apacible y delicado, el profeta reconoció: Ahora puedo acudir ante el Señor, pues Él quiere hablar conmigo. Humilde y conmovido cubrió su rostro con su manto. El Señor no había aparecido en la tormenta, no en el terremoto, no en el fuego; Él se manifestó en el susurro apacible y delicado. Él tampoco intercedió personalmente en lo que siguió, sino que encargó al profeta a ungir tres varones elegidos por Dios, para que éstos pusieran orden en Israel.

Si es necesario, Dios interviene hoy aquí y allá en los hechos terrenales alguna vez con tormenta, terremoto y fuego. Pero este no es su modo de proceder para terminar su Obra - lo hace de otra manera: Los Apóstoles de su Hijo anuncian en todo el mundo el evangelio, el alegre mensaje de la redención de los hombres, no mediante amenazas, sino con alegría, ofreciendo la gracia divina. ¡Oigamos siempre la exhortación amorosa, el suave susurro del Espíritu Santo, con el que debe ser preparada nuestra alma para la segunda venida de Cristo y la comunión eterna con la Trinidad de Dios! ¡Aun es tiempo de gracia, aún Dios se inclina con su amor y misericordia hacia los hombres. Aprovechemos la oferta de Dios para redención y reconciliación.

(De un Servicio Divino del Apóstol Mayor)

 

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