Palabra del mes

Milagros en nuestro tiempo

Agosto 2000

El Señor también se manifiesta a su pueblo en nuestro tiempo. Lo hace con milagros. Por cierto, reconocer los mismos requiere del temor de Dios. Quien primero quiera ver señales para después comenzar a creer, malinterpreta el orden de prioridades divino. En aquel que, deseoso de salvación, se acerca al altar divino y acepta con fe la palabra obrada por el Espíritu Santo, la valiosa planta del temor de Dios crece en su corazón. Quien permanece en la doctrina de Jesús, lleva una activa vida de oración y goza con dignidad de la Santa Cena, multiplica en su interior el temor de Dios y cobra una evolución querida por éste, que finalmente conduce a la terminación. Y en quien se encuentra el temor de Dios en el alma, también vive milagros y señales en nuestros días.

Cuando hablamos de milagros, la mayoría de las personas piensa primero en la curación de los sufrimientos físicos. Ciertamente, el Señor Jesús sanó a algunos enfermos como señal de su poder divino. Pero su encargo tenía otro objetivo: la redención del hombre de su  esclavitud con el mal. Por lo tanto, ¿no es un milagro de envergadura que las enfermedades del alma sean sanadas? Para ello, la "farmacia divina" tiene múltiples medicamentos, contra la duda, la falta de fe, incluso contra el odio y la envidia.

¿Acaso no es un milagro que un dudoso se transforme en un profesante de la Obra de Dios; que un bromista, que antes se burlaba de todo lo divino se vuelva orador, o que un falto de fe se transforme en un seguidor de Cristo? ¿Cuán grande es el milagro si el Señor perdona a los pecadores?

Señales y milagros: el temeroso de Dios los asume. La gracia que el Señor pone frente a nosotros es una grandiosa señal de su amor y asistencia. Si gracias a la palabra de Dios recibimos paz, alegría y esperanza en nuestro corazón, la agitación de este tiempo llegará a calmarse y, además, encontraremos protección en la comunidad de los hijos de Dios; el Señor dará señales divinas de que nos asiste, nos conduce y dirige. Y si la certeza en la fe asegura nuestro camino a la meta, podremos permanecer con fe en el seguimiento y superar más y más nuestras debilidades. ¿Acaso no son éstos hechos milagrosos de Dios en nuestra alma?

¡Pero el mayor milagro sucederá cuando el Hijo de Dios regrese y encontremos gracia para ingresar en la gloria eterna!

Muy cariñosamente

Richard Fehr

 

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