Palabra del mes

A la huida

Diciembre 1999

En su evangelio, el Apóstol Mateo relata no solamente del gozo que reinaba en el cielo y la tierra sobre el nacimiento de Jesucristo, el Salvador y Redentor, sino también del gran peligro en el cual estaba la vida de recién nacido. El rey Herodes, quien fue puesto en alerta acerca del nacimiento de un nuevo rey por los sabios de Oriente temía por su trono y envió por ello a matar a todos los niños de Belén de dos años o menos. Sin embargo el Ángel se mostró a José y le mandó huir con su familia a Egipto: Ni bien había nacido, Jesucristo tuvo que huir, para librarse del espíritu del asesinato y salvar su vida (comp. Mateo 2).

De esta parte de la historia de Navidad se suscita para nosotros los hijos de Dios la pregunta: ¿De qué tenemos que huir para salvar nuestra vida eterna? ¡También ella corre peligro! Ya que como en ese tiempo, ahora el Maligno coloca todo su poder para impedir la reconciliación del Hombre con Dios, la cual fue hecha posible a través de la ofrenda de Jesús en la cruz.

Primeramente es necesario huir del pecado. Él está al acecho por todo lado; existen tantas cosas que separan al Hombre de Dios. ¡Por ello huyamos del pecado, a la gracia! El Padre celestial nos la ofrece siempre. Cuando huimos a sus manos, el peligro es conjurado, allí estamos en seguridad.

Tomemos así mismo la fuga cuando la falta de alegría quiera entrar en nosotros. Ella nos roba el gozo en el Señor, el cual ciertamente es nuestra fuerza. El Apóstol Pablo escribió: "¡Y en esto me gozo y quiero gozarme!" (comp. Filipenses 1:18). Lo importante es el esforzarse, si se desea salir de la falta de gozo a la alegría en el Señor y Su Obra.

Quien desea salvar su vida eterna debe huir también de la duda. ¡Qué no se pone hoy en día en tela de duda! Mucho de lo que nosotros creemos no está demostrado; justamente por ello lo creemos. ¡Qué hermoso es que podamos vivir nuestra fe tan a menudo! Esto nos da confianza en el trabajo de gracia de Dios, nos proporciona seguridad y esperanza, y nos da nuevamente fuerzas para huir de la duda y de la incredulidad.

Así mismo es importante huir de la disputa. Existen mil razones para roces, riñas y discordias, incluso hasta llegar a la enemistad. Quitémonos de su camino, huyamos a la paz, la cual siempre nos es dada cuando nos dirigimos hacia Dios y su gracia.

Ni bien había nacido, Jesús tuvo que huir para salvar su vida. También nosotros, los renacidos nos encontramos a la fuga, sobre todo de lo que nos aleja de Dios. ¡Salvemos nuestra vida eterna, huyendo hacia el Señor, hacia Su Altar!

¡Les deseo a todos ustedes un tiempo de Adviento y Navidad lleno de paz y bendición!

Con cariño,<br/> Suyo,

Richard Fehr

 

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