Palabra del mes

Confesión de la esperanza

Octubre 1998

"Mantengámonos firmes, sin fluctuar, la profesión [Nota de trad.: confesión] de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió" (comp. Hebreos 10:23).

¿Cuál es la confesión de nuestra esperanza, sobre qué se fija nuestra fe? Sobre la redención a través de la ofrenda de Jesucristo y la prometida segunda venida del Señor. ¡Quiera ser esta esperanza tan fuerte que nos lleve hasta la meta de nuestra fe, hasta el momento en que podamos ver a Dios como Él es!

Noé, quien en su tiempo hizo en una forma creyente y temerosa de Dios todo aquello que el Señor le pidió, fue salvado. Su salvación fue grandiosa, sin embargo no fue una redención. El profeta Elías experimentó en la lucha con los sacerdotes de Baal una maravillosa oración atendida, sin embargo no la redención. Primeramente Jesucristo, quien tomó a su cargo las deudas de la humanidad a través de su muerte en la cruz, trajo con su triunfo sobre el infierno y la muerte la redención. En cada Servicio Divino nos son ofrecidos gracia, perdón y redención; recibamos ello temerosamente, coloquemos con ello una confesión de nuestra esperanza.

La certeza de la segunda venida de Jesucristo es una segunda piedra angular de nuestra esperanza. El hijo de Dios ha dicho: "Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis" (Juan 14:3). Nos sujetamos a esta promesa y no titubeamos en nuestra esperanza. Donde está en los corazones la confesión de la esperanza, establecida sobre el hecho de la redención a través de Cristo y la certeza de su prometida segunda venida, no se titubea. No titubear significa además el ser perseverantes como nuestros hermanos y hermanas en el primer tiempo. De ellos testifica el libro de los Hechos de los Apóstoles: "Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones" (Hechos 2:42).

Permitamos que sea fortalecida en nosotros cada vez la esperanza a través de la recepción de la palabra del altar y el efecto de los sacramentos, "ya que es fiel quien lo ha prometido". Él no es otro que el hijo de Dios, quien está descrito en Apocalipsis como" el testigo fiel, el primogénito de los muertos" (comp. Apocalipsis 1:5). Él concluirá su obra, nadie puede impedirle o detenerle. Él nos ayuda también a lograr la meta de la fe.

Con cariño,<br/> Suyo,

Richard Fehr

 

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