Palabra del mes

Bienes eternos

Febrero 1998

El Señor conoce cada uno de nuestros días, tanto los de alegría y felicidad, como los de tristeza, sufrimiento, luchas y preocupaciones. Sea lo que nos toque vivir, el Señor sabe por lo que estamos pasando. Con agradecimiento tomamos cada día de Su mano, y también en ella cada día colocamos tanto nuestro bienestar, como las adversidades.

Por eso, más allá de lo que debamos enfrentar, sean alegrías o tristezas, preocupaciones o necesidades, tentaciones o pruebas, el Señor debe saberlo, tiene que conocerlo todo. Y si alguna vez cometiéramos un error, no nos escondamos, sino arrepintámonos y roguemos nos quiera perdonar. "Conoce Jehová los días de los perfectos (devotos), y la heredad de ellos será para siempre" (Salmos 37:18).

¿Qué significa ser devoto? Ser devoto significa ser sincero de corazón, consagrarse a Dios, confiar en Él, amarlo. Pero esto sólo le es posible al que es temeroso de Dios y posee una fe viviente.

¿En qué consiste esta heredad, esta riqueza? En primer lugar en la palabra de Dios; esta perdurará por toda eternidad. "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán", decía el Hijo de Dios (Mateo 24:35). La palabra de Dios debe ser y quedar el punto central de nuestra vida, porque siendo así, poseeremos una riqueza de valor eterno.

También la gracia es un gran bien, que tiene efecto por toda eternidad. ¿Qué seríamos sin la gracia? Nadie podría ser perfeccionado, nadie podría alcanzar la dignidad necesaria para el día del Señor, para tener comunión eterna con Dios y Su Hijo. Cargados de culpas, nos expondríamos a ser juzgados. Por eso, ¡aceptemos la gracia que nos es ofrecida renovadamente por los enviados de Jesús!

También el amor cuenta entre estos bienes eternos. Conservemos este bien que fuera derramado en nuestro corazón por el Espíritu Santo; démosle lugar para que se pueda desplegar y desarrollar en nosotros. También la paz divina que rodea el trono del Altísimo como una luz maravillosa, será para siempre. Lo mismo vale para la verdad a la que nos lleva el Espíritu Santo, para la bendición que nos acompañará por toda eternidad y para la lealtad que nos dispensa siempre el Padre celestial.

¡Qué gran riqueza riqueza poseerán eternamente aquellos que viven de manera que el Señor pueda conocer todos sus días!

Con cariño,<br/> Suyo,

Richard Fehr

 

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