Palabra del mes

Las alas de Dios: la paz y la gracia

Junio 2012

Con motivo de la inauguración de una iglesia, he dado con una palabra de Salmos, cuya fuerza de expresión lingüística y contenido profundo me han tocado mucho. Comienza con las palabras siguientes: « ¡Cuán preciosa, oh Dios, es tu misericordia! Por eso los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas. » (Salmos 36:7). Detrás de ello está la imagen de los querubines, que extienden sus alas sobre el arca de la alianza en el templo. Estas alas simbolizan la protección de Dios. Todos aquellos que entran y salen de la casa de Dios deben poder vivir esta protección de las alas de Dios. Estas alas son la paz y la gracia de Dios, porque esto es lo que se ofrece en los Servicios Divinos.

Vivimos en tiempos muy agitados. No creo que esto cambie en principio. Mientras que estemos aquí en la tierra y el día del Señor no haya llegado aún, habrá agitaciones entre los pueblos por toda clase de fenómenos de moda. Sin embargo, en la casa de Dios están las alas de Dios, la paz y la gracia del Señor. Cuando la paz y la gracia inagotable de Dios pueden obrar, toda agitación podrá ser disipada.  

Ahora bien, hay que buscar refugio bajo estas alas, no hay que apartarse. Esto significa, que en primer lugar hay que aceptar la palabra de Dios, para que la paz pueda actuar. Cuando uno asiste al Servicio Divino con una actitud escéptica, pensando: « Vamos a ver lo que nos dirán hoy », esta paz no podrá penetrar.  Pero allí, donde la palabra de Dios es aceptada, la paz penetra en el alma, y todo se relativiza. Y uno se da cuenta que aquello que nos preocupa sin cesar es solo temporal.  Por otra parte, si uno se inclina ante el Señor en humildad, podrá vivir la gracia de Dios. Para nosotros, los humanos, esto a veces es difícil, porque nos gusta pensar de forma egocéntrica.

Referente a aquellos que encuentran refugio bajo estas alas, dice también: « Serán completamente saciados de la grosura (= abundancia) de tu casa. » Una de estas riquezas que nos son ofrecidas en lo espiritual, es el amor del Señor. El alma se sacia de ello. La segunda riqueza es la fuerza de fe, y allí, donde hay fuerza de fe, también hay la fuerza necesaria para soportar y vencer, de manera que podamos poner las cosas viejas de lado y nos podamos abrir enteramente al obrar del Señor. Otra riqueza es el consuelo que proviene del Espíritu Santo.

Nuestra palabra termina con la indicación siguiente: « Y tú los abrevarás del torrente de tus delicias. » Si uno se sumerge completamente en este torrente, es decir, si uno acepta todo aquello que el Señor ofrece, entonces aparecerá la alegría, como un torrente que nos lleva.

Seamos sabios y busquemos este refugio bajo las alas de Dios, y aspiremos a estar saciados en la casa de Dios, es decir, colmados de amor, de fuerza de fe y de consuelo. Entonces la alegría podrá surgir: la alegría de la filiación divina, la alegría de estar en comunión con el Señor, la alegría de tener una meta tan maravillosa, en la que nos podamos orientar.  Entonces podremos llegar a ser dignos para este gran día.  

(Extracto de un Servicio Divino del Apóstol Mayor)

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