Palabra del mes

Dios fija el tiempo de la cosecha

Noviembre 2011

En la epístola a los Gálatas, el Apóstol Pablo escribió: «…a su tiempo segaremos, si no desmayamos”. Hay que decir por eso, que en la Iglesia de Galacia, (una región de Asia menor, en la actual Turquía), las cosas no iban como el Apóstol se lo había imaginado. Los Gálatas, por lo visto, estaban poniendo de lado la Buena Nueva de la resurrección de Jesús y la liberación de la ley que ella implicaba. Querían otra vez hacer entrar en vigor la ley del Antiguo Pacto, que el Apóstol Pablo consideraba como abolida por la vida y la muerte de Jesucristo. El Apóstol se opuso a esto con palabras bien claras. Al final de su epístola, Pablo habla sobre lo que es importante: hacer espacio para el Evangelio de Jesucristo.

La imagen de la cosecha, que Pablo utiliza aquí, significa, en el plano natural, que cuando se siembra algo, se podrá cosechar a su tiempo. Por siembra, en el plano espiritual, entiendo que hace falta que practiquemos el bien que agrada a Dios, que cultivemos la vida de oración, que asistamos a los Servicios Divinos, que cultivemos la comunión fraternal, que ofrendemos y que confesemos nuestra fe. De esta manera se siembra el bien sin desmayar, estando determinado por Dios  el momento de la cosecha. Cuando se siembra en un campo, no se puede esperar que el día siguiente ya se pueda cosechar. Hay que esperar que llegue el tiempo para ello. Es Dios quien fija el tiempo de la cosecha. Sin embargo, es importante que uno mismo siembre. Un labrador que se contente con cultivar, con sembrar sólo una cuarta parte de su campo, y se dijere a sí mismo: aquí me paro, tendrá que contar con que la cosecha será escasa. En el plano espiritual, no es diferente: Si parásemos de sembrar, la cosecha sería también escasa. ¿Qué es la cosecha? La cosecha es la alegría que vivimos ya aquí y la bendición divina que recibimos. En cuanto a la  cosecha más grande de todas, la más importante, ella se hará visible, cuando el Señor regrese y nos acepte en gracia y podamos estar junto a él por toda la eternidad.

Hoy es el tiempo de la siembra, un día cosecharemos. Es Dios quien determinará el momento. Es como con las siembras terrenales: no podemos determinar tampoco el momento de la cosecha. Lo mismo es el caso con el día del Señor. No sabemos cuándo vendrá la gran cosecha, es decir, cuando Dios enviará a su Hijo. Eso está en las manos de Dios. Pero mientras que el Señor no haya venido, nos es dada la oportunidad de sembrar todavía, o para expresarlo con palabras del Apóstol Pablo: En tanto que todavía tengamos el tiempo, hagamos el bien. Actuemos así y no perdamos ni un solo día, para que no nos tengamos que hacer reproches más tarde. Quedemos fieles al Señor, no desmayemos, postrémonos siempre delante del Señor en humildad, y hagamos lo que es agradable a Dios. Así quedaremos en comunión los unos con los otros, hasta que el Señor termine su Obra. ¡Que sea muy pronto!

(De un Servicio Divino del Apóstol Mayor) 

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