Palabra del mes

Al amor uno sucumbe

Julio 2011

Despidiéndose de los ancianos de Éfeso, el Apóstol Pablo mencionó al final de su discurso una palabra del Señor: «Más bienaventurado es dar que recibir». A continuación está escrito que Pablo se arrodilló y oró con todos aquellos  que estaban presentes; y después hubo una cordial despedida (ver Hechos 20).

Esta palabra del Señor: « Más bienaventurado es dar que recibir » no está transmitida en los Evangelios. El Apóstol Pablo aparentemente recurre a otras fuentes, quizá a la tradición oral.

Para mí, esta palabra de Jesús tiene dos puntos esenciales: Por un lado tenemos que cuidar de los débiles, y por el otro queremos darles algo para que puedan desprenderse de sus debilidades en el transcurso del tiempo.

Transmitamos esta palabra a lo espiritual: pienso especialmente en aquellos que son débiles en la fe.  Queremos acercarnos a ellos con la potencia de la fe. Luego fijo mi atención en aquellos que no tienen esperanza.  Queremos reanimar la esperanza en ellos. Para este fin queremos llevarles claramente el mensaje siguiente: « ¡Las cosas no quedarán así! ¡El día del Señor viene con toda seguridad! » Así podrán concebir nuevas esperanzas.

Además miro sobre aquellos que están desanimados. A través de nuestro ejemplo y nuestras oraciones comunes queremos dar ánimo a aquellos que se han quedado desanimados.   También pienso en aquellos que son indiferentes. Me refiero a aquellos que participan poco en la vida de la comunidad y que por cualquier razón se encuentran al margen.  Tenemos que fijarnos como objetivo llegar a su interior, procurándoles alegría con una buena palabra o mostrándoles nuestro interés genuino en sus preocupaciones. En todas las cosas, velemos que el amor de Cristo se haga perceptible inmediatamente.

En este contexto recuerdo una palabra del Señor: « Amad a vuestros enemigos […] para que seáis hijos de vuestro Padre que está en el cielo ». El Señor subraya aún esta exigencia, añadiendo: « Si amáis aquellos que os aman, ¿qué recompensa os merecéis? ¿No lo hacen así también los publicanos ?» Para nosotros, ministerios o miembros de la Iglesia, eso nos da una obligación especial: Si tratamos nuestros enemigos con amor, cuánta más razón deberíamos tener para cuidar de nuestros hermanos en la fe que se han apartado de la comunidad o incluso están en una posición de rechazo.

En el tiempo del Señor, los fariseos despreciaban y se demarcaron públicamente de los pecadores y de los publicanos. Esto se justifica en parte por la mentalidad que había en el Antiguo Pacto: Los fariseos querían respectar estrictamente los mandamientos del Antiguo Testamento con el fin de atraer sobre sí la benevolencia de Dios. El Señor dice al respecto: « ¡Amad a vuestro enemigos! » Eso es una base completamente diferente: No queremos excluir aquellos que nos ocasionan molestias y quizá incluso nos rechazan. Queremos aceptarlos y darles una atención especial.

(De un Servicio Divino del Apóstol Mayor)

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