Palabra del mes

El Señor cuida de nosotros

Julio 2009

En los Servicios Divinos a veces he dicho que las experiencias en la fe son muy importantes para nosotros. Son como alas para nuestra fe. Quisiera contar una experiencia que he tenido yo mismo: Tenía previsto servir a los hijos de Dios en América Central y oficiar un Servicio Divino en Nicaragua. El vuelo me llevaba a Managua, la capital de Nicaragua, haciendo escala en Miami.

En Miami vi que los controles de pasaportes tomaron mucho tiempo. Todos los pasajeros que llegaron tenían que pasar por las taquillas y se formaron largas colas, porque los controles se efectuaron de forma minuciosa. Pasé unas dos horas  allí y pensé con cierta preocupación en el vuelo de regreso.

Después del Servicio Divino en Nicaragua estaba previsto otro Servicio Divino en Panamá, desde donde tenía que coger el vuelo de regreso a Alemania, vía Miami.

Para el regreso disponía de apenas dos horas de tránsito en Miami.  A causa del retraso del avión este espacio de tiempo se reducía a menos de una hora y media. Antes del vuelo de regreso había orado intensamente y por ello estaba confiado de que el Señor me abriría un camino para llegar a tiempo para el vuelo de correspondencia para Alemania. Sin embargo mi fe fue puesta a prueba.

En el hall, donde tenían lugar los controles de pasaportes, nuevamente se formaron largas colas. Delante de cada taquilla había al menos 20 personas. Después de lo que había vivido en el vuelo de ida, no podía esperar que pudiese pasar el control durante la próxima hora. Así intenté hablar con otros pasajeros, explicándoles mi situación, esperando que tuvieran comprensión y me dejaran pasar delante. Pero me dijeron que ellos también estaban en la misma situación y que tenían prisa y no me dejaron pasar. Los empleados del aeropuerto, a los cuales me dirigí, solamente se encogieron de hombros. Y el tiempo avanzaba…

 Pensé: «Bien, ahora voy hacer un último intento ». Hice una oración en silencio: « Amado Dios, por favor, envíame ahora un ángel, que me haga pasar aquí, sino voy a perder el avión.” 

Esto hubiera tenido otras consecuencias desagradables para mí y hubiera perturbado considerablemente mi programa para los días siguientes, para los cuales algunas reuniones y conferencias estaban previstas. Así  emprendí la última tentativa. Me dirigí otra vez a uno de los oficiales que estaba cerca de mí, pero que me mostraba indiferencia; sin embargo me dijo que me dirigiera a otro empleado: « Si se va a la otra taquilla allá, encontrará un hombre en uniforme al cual le podrá exponer su problema ».

Así que me fui allí y le pedí ayuda a este hombre. Pero este empleado tampoco parecía interesarse por mi caso. Tenía la sensación que no movería ni un dedo para ayudarme.  En este momento pasó algo muy curioso: El hombre me miró durante algunos segundos y noté que en su interior algo se movía. La expresión de su mirado cambió, se levantó y me dijo: « Le voy a ayudar. »

Me acompañó a la taquilla, que estaba reservada para diplomáticos. Allí esperaban algunas personas, por lo visto tripulación del avión, que protestaron cuando pasamos, pero no insistieron mucho porque estaba acompañado por el hombre uniformado. Mi acompañante se dirijo al empleado en la taquilla, quien me hizo señal de acercarme.

Pasé la taquilla tan rápido que apenas pude darle las gracias convenientemente a la persona que me había ayudado. Corriendo me acerqué a las taquillas de check-in, donde también había largas colas. En una taquilla no había nadie, porque la empleada que estaba sentada allí estaba ocupada con otros trabajos. Cuando la pregunté si me  podía ayudar, enseguida telefoneó a la puerta de embarque, me entregó la tarjeta de embarque y me acompañó al control de equipaje. Llegué a tiempo al avión, y apenas cinco minutos más tarde se cerraron las puertas.

Estaba sentado en mi sitio como uno que  soñaba y dejaba pasar en espíritu todo lo que había vivido. En retrospectivo aún tenía la sensación que los ángeles me rodeaban, que  despejaron el camino para mí. Todo era mucho más increíble de lo que yo pudiera describir. ¡Verdaderamente, aquí había intervenido el Señor!

A lo mejor mi experiencia suena demasiado exaltado para algunos, pero mi agradecimiento a nuestro Padre Celestial es enorme.

Wilhelm Leber

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