Palabra del mes

La luz del Espíritu

Noviembre 2007

En el Sermón del monte cada palabra tiene su peso. Las palabras de Jesús allí contenidas son intemporales. El Señor se dirigió al pueblo, pero algunas de sus indicaciones valían especialmente para sus discípulos: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” (Mateo 5, 16). Para aplicar esto a nosotros podríamos decir: ¡Alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que puedan reconocer la Obra de Dios! ¡Alumbre vuestra luz delante de los hermanos para que la comunidad se vuelva más fuerte! ¡Hacedlo todo para glorificar a nuestro Padre en el cielo! Cada hermano, cada hermana deberían ser una luz en este tiempo tan oscuro. Esta luz proviene del Espíritu Santo y tiene muchos aspectos, de los cuales quisiera enumerar algunos:

Empezaré por la luz de la fe: Cada uno de nosotros debería ser una luz en la fe con la cual todos puedan orientarse, nuestros hermanos por un lado y aquellos que todavía no han encontrado al Señor por el otro. Sólo una fe fuerte brilla. En la fe hay una gran fuerza radiante, que se ha de aplicar en cada conversación en el cuidado pastoral, o cuando se invitan personas a conocer la Obra de Dios.

En segundo lugar quisiera citar la luz de la confianza en Dios: Cuando hablamos con los hermanos, cuando los portadores de ministerio cuidan las almas, cuando queremos consolar a alguien, entonces siempre se tiene que percibir que tenemos una confianza ilimitada en Dios. En este contexto el Señor Jesús dijo que no se tenía que esconder esta luz: Tiene que brillar con todo su esplendor. La luz de la fe y de la confianza en Dios ha de brillar de manera de ser visible para todo el mundo desde lejos.

En tercer lugar citaré la luz del amor: El verdadero amor es el amor que no conoce el favoritismo. No es difícil amar a las personas que nos son simpáticas y con las que nos llevamos bien. Pero la luz del amor es aún más perceptible cuando amamos también aquellos que nos son antipáticos, gente difícil de tratar y que no comparten con nosotros nuestra forma de pensar. Es importante que no hagamos diferencias entre nuestros hermanos, porque todos son hijos de Dios y queremos amarlos a todos por igual.

una pariente del amor es la misericordia, es también una bella luz: La luz de la misericordia ha de brillar con todo su esplendor. Pienso especialmente en los domingos que celebramos en memoria de los difuntos. Mi mirada va hacia las almas prisioneras en el más allá. Si hacemos brillar aquí la luz de la misericordia, entonces se les hará accesible el camino hacia el altar, y muchos podrán recibir los sacramentos y encontrar el reposo. No hay que dejar que la luz de la misericordia se apague; al contrario: Tiene que brillar con todo su esplendor.

También mencionaré la luz de la esperanza: Tenemos la firme esperanza en nuestros corazones que el Señor viene. ¡Que brille en cada una de nuestras conversaciones y que ilumine cada uno de nuestros actos! Queremos reanimarla en cada servicio divino, para que brille aún más ardientemente. Queremos expresar nuestra esperanza claramente: ¡Nuestro Señor viene muy pronto! ¿Acaso abandonaríamos esta esperanza por el simple hecho de que ya estamos esperando al Señor desde hace algunos años?

(De un servicio divino del Apóstol Mayor)