Palabra del mes

Alabar y bendecir a Dios

Octubre 2006

En los Salmos muchas veces se habla de la alabanza de Dios. Pienso en particular en la palabra: „¡Bendice alma mía a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios!“ (Salmo 103). Cuando los niños obtienen buenos resultados escolares, los maestros y los padres los felicitan. Si nosotros bendijeramos a Dios de esta manera, es decir, reservando nuestras alabanzas solamente para sus favores hacia nosotros, esto sería mezquino. Alabar a Dios y bendecirlo exige una dimensión superior.

Por mi parte la alabanza de Dios se compone de tres aspectos: En primer lugar significa agradecimiento. No se puede alabar a Dios sin sentir agradecimiento. Luego es sinónimo de adoración. Alabar a Dios es adorar su omnipotencia, su grandeza y su majestad. Y finalmente es sinónimo de declaración, de confesión en público en señal de respeto.  Uno no se limitará a bendecir a Dios solamente en el secreto de su corazón; esto no sería una verdadera alabanza; la alabanza se ha de hacer en público: Hay que proclamarlo que uno honra a Dios y que le agradece por todos sus beneficios. Quiza tenemos todavía algunas deudas en este aspecto, porque alabamos a Dios demasiado poco en público.

El Salmista continua con estos términos: „...y no olvides ninguno de sus beneficios“. Somos muy olvidadizos; muy pronto pasa al olvido lo que hemos vivido. Pienso en el pueblo de Israel: Pudieron experimentar grandiosos milagros, traversaron el Mar Rojo, vivieron la derrota de los Egipcios, y pocos días después ya lo habían olvidado todo. Entonces se quejaron de que no tenían suficiente para beber y para comer. Finalmente dijeron: „¡Ah, si solamente nos hubieramos muerto en Egipto!“, olvidando de golpe todas las dificultades, las penurias y la opresión que tuvieron que sufrir allí. Empleando un lenguaje moderno diríamos que han reprimido las cosas buenas. Como seres humanos somos muy olvidadizos; pero tratándose de la alabanza de Dios, queremos esforzarnos en no olvidar nunca sus beneficios y tenerlos siempre presente.

Nos encontramos en el tiempo de las acciones de gracia por la cosecha. Permítanme recordar otra vez en este contexto que el agradecimiento forma parte de la alabanza de Dios. No se trata aquí de una simple costumbre anual, sino más bien el agradecimiento debería ser una disposición de fondo de nuestro corazón creyente. No depende de circunstancias exteriores que podrían reducir el agradecimiento, como algunos podrían objetar. He conocido a muchos hijos de Dios, que viviendo en circunstancias muy difíciles, han conservado el agradecimiento en su corazón. Por el otro lado hay aquellos, que teniendo abundancia en todo, son insatisfechos y desagradecidos. Queremos conservar esta disposición de fondo al agradecimiento en nosostros y esforzarnos en perseverar en ello. ¡Queremos contar entre aquellos que alaban y bendicen a Dios!

 (De un servicio divino del Apóstol Mayor)

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