Palabra del mes

Los muros de Jericó

Agosto 2006

En tiempos de Moisés y de Josué, Jericó era una ciudad fuerte, una verdadera fortaleza. Y aquí vinieron los Israelitas del desierto, un pueblo semi-nómada, que no tenía conocimiento ni experiencia en estrategias militares y tenía la pretensión e incluso la obligación de conquistar esta ciudad.  Se pararon delante de la ciudad sin saber qué hacer. Entonces el Señor intervino y les dijo qué debían hacer, dándoles unas instrucciones, que sin duda hubieran dejado perplejo a más de un experto en el arte de la guerra: Cada día, los hombres de guerra de los Israelitas y siete sacerdotes debían dar la vuelta a la ciudad en silencio, llevando trompetas y el arca del pacto, y esto durante seis días. El séptimo día, tenían que dar la vuelta a la ciudad siete veces, primero otra vez en silencio, y luego los sacerdotes tenían que tocar las trompetas y todo el pueblo tenía que dar unos gritos de guerra. Lo hicieron exactamente así y tuvieron éxito: Los muros de Jericó se derrumbaron de forma milagrosa y los Israelitas pudieron ocupar la ciudad. (Josué 6,1–21).

Ahora me remito a la época actual:  ¿Acaso no nos encontramos a veces delante de „fortalezas“  espirituales, que nos parecen inexpugnables? Se trata de cosas que nos atormentan y nos oprimen, y que no llegamos a controlar, cosas que nos impiden a seguir el camino libres y con alegría. Estas cosas pueden ser por ejemplo querellas en la familia, que parecen no tener salida; o quizá discrepancias en el puesto de trabajo que nos cargan y para las cuales no encontramos solución. Sea lo que fuera, hagámoslo diferente: Intentemos de sacar una moraleja para nosotros de la historia sobre la caída de Jericó. ¡Prestemos atención a la palabra de Dios y dejémonos guiar por el Señor! ¡No emprendamos las cosas con reflexiones humanas, sino muy pronto tendremos que darnos cuenta que no progresaremos. Queremos poner mano a la obra con la ayuda de Dios. Para ello es necesario, por un lado, que tengamos confianza en la conducción divina y por otra parte que nos ejercitemos en la paciencia. Los Israelitas tuvieron que dar vueltas a la ciudad durante siete días en total.

Aquí podríamos objetar que estos siete días no duraban una eternidad. A veces esperamos mucho tiempo hasta que algo suceda, bien que eso esté en la voluntad de Dios. Pongamos pues todas nuestras preocupaciones y penas en la mano del Señor. Dejémonos guiar por Él para entender lo que hay que hacer y luego vencer las cosas que he mencionado.  

Aunque a veces tengamos la impresión de que nada sucede, y pensamos que todos nuestros esfuerzos son en vano, esperemos la respuesta divina. El Señor nos ayuda y nos da en el momento oportuno lo que necesitamos para poder llevarnos la victoria.

Hace poco leí un pensamiento muy bello que me impresionó: Las grandes victorias se alcanzan mediante el coraje, las victorias aún más grandes mediante el amor, pero las victorias más grandes de todas se obtienen mediante la paciencia. Queremos pués armarnos con más paciencia y poner todas las cosas conscientemente en la mano del Señor.                                               

(De un servicio divino del Apóstol Mayor)