Palabra del mes

noviembre 2008: Arraigados en el Señor

Escuchando la palabra «arraigado» uno piensa normalmente en un árbol. Cuando se planta un árbol, es fácil arrancarlo de la tierra en los primeros días, pero una vez que haya verdaderamente echado raíces, esto a penas es posible. En su epístola a los Colosenses, el Apóstol Pablo da el consejo de estar arraigados en el Señor: «…arraigados y sobreedificados en él y confirmados en la fe … » (Ver Colosenses 2:7).

Si se puede decir esto de nosotros, ya nada nos podrá hacer caer.  Por ello es importante, que estemos firmemente arraigados en la fe nueva-apostólica, de tal manera que nadie, ni hombres ni espíritus, puedan arrancarnos ya de ella.  Entonces estaremos firmes, porque estaremos arraigados en la enseñanza de Jesucristo. Sin embargo esto no siempre es fácil, porque Satanás está trabajando para arrancarnos de este fundamento.

En este contexto pienso en Juan el Bautista. Era un gran hombre, y Dios lo había elegido por un motivo concreto, pero él no estaba verdaderamente arraigado en el fundamento. Cuando estaba en la cárcel, empezó a dudar e hizo preguntar al Señor Jesús, si él era quien esperaban él y sus discípulos o si tenían que esperar a otro. El no estaba arraigado y su fe no era lo suficientemente fuerte. Permitió que se instalara la duda en su corazón. No lo hagamos así nosotros. Cuando pensamientos de duda quieran surgir, queremos apartarlos de nosotros y pedir a nuestro Padre celestial que nos de las fuerzas necesarias para ello.

Muchos de los discípulos que habían oído a Jesús pronunciar estas palabras: « Quien come mi carne y quien bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» no entendían estas palabras que por cierto eran difíciles de comprender. Nosotros, tenemos un reconocimiento mejor actualmente. Para los discípulos de aquel tiempo esto era incomprensible. Y por ello se irritaron y dijeron: «Estas son palabras duras, ¿quién las puede escuchar?». Como no estaban arraigados en el Señor, se apartaron de él, habían sido arrancados, porque no comprendieron bien sus propósitos. Cuando el Señor preguntó a los doce discípulos: « Y vosotros, ¿queréis iros también? », Pedro contestó: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.» Él sí que estaba bien arraigado en el fundamento de la enseñanza de Jesús.

Los discípulos de Emaús se marcharon de Jerusalén, porque estaban decepcionados. La Santa Escritura relata que el Resucitado se juntó a ellos cuando estaban caminando. No lo reconocieron. El Señor los preguntó de qué hablaban y le explicaron el motivo de su decepción: El Señor Jesús había muerto, y ellos creían que iba a librar a Israel. Entonces el Señor, con mucha precaución, les abrió los ojos. Y finalmente lo reconocieron. En un primer tiempo, obsesionados por sus propios pensamientos, no comprendieron lo que el Señor les había anunciado. Esto hizo que estuvieron desarraigados. Pero después que el Señor había hablado con ellos en el camino, llegaron al reconocimiento y ya no se marcharon.

Cuando nosotros somos decepcionados, cuando tenemos nuestras propias opiniones y ya no prestamos más atención a la palabra del Señor, corremos el riesgo de ser desarraigados, «arrancados» de nuestro fundamento. Queremos estar conscientes de este peligro, porque el diablo no duerme. Su objetivo es desarraigarnos. Pero queremos quedar firmemente arraigados en el fundamento de Jesucristo, en la enseñanza de los Apóstoles, entonces estaremos seguros y firmes en la fe.

(De un Servicio Divino del Apóstol Mayor)

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