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septiembre 2008: ¿Se puede dar testimonio todavía hoy en día?
Seguramente todos nosotros constatamos, que ya no es tan fácil hablar con otras personas sobre nuestra fe. Muchas influencias y evoluciones han contribuido para que esto sea así. Sin embargo sería erróneo deducir de ello, que todo esfuerzo en este sentido sea en vano. La resignación sería una mala respuesta a esta problemática.
Me gustaría explicar brevemente una experiencia personal: En un hotel se me presentó la ocasión para una conversación sobre la fe. Una de las empleadas de este hotel había sido informada sobre el ministerio que invisto en nuestra Iglesia y quería saber más sobre nuestra fe. Se mostró que esta mujer buscaba de verdad. En el transcurso de nuestra conversación intenté averiguar, porqué se interesaba por nuestra Iglesia. Su contestación fue muy instructiva. Me explicó dos razones:
1. Ella tenía contacto con un matrimonio nuevo apostólico, quien según ella, se comporta de forma ejemplar en todos los aspectos. Este matrimonio no hacía nunca un secreto de su convicción religiosa.
2. Ella había experimentado la comunión fraternal en un círculo de hermanos en la fe y lo había percibido como agradable. En el hotel, en el cual ella trabaja, tuvo lugar una vez una reunión de hermanos mayores, y ella observaba con mucha atención como se trataron entre sí estos hermanos ancianos.
Con estas condiciones previas es fácil que el testimonio caiga sobre una tierra fértil. De ello llego a la siguiente conclusión: Es esencial para nosotros, que estemos siempre conscientes de nuestra infancia divina y que profesemos nuestra fe en nuestros contactos personales. La comunión entre nosotros siempre debería ser cordial y de efectos agradables.
Pero esta conversación también reveló una preocupación, que a veces se hace notar entre nuestros invitados: Esta mujer no quería de ninguna manera ser « atrapada », es decir, ella tenía miedo que después de la asistencia a un Servicio Divino se ejerza una presión sobre ella para que se integre a nuestra Iglesia. Intenté explicarle, que ella estaba completamente libre en su decisión, y que una asistencia regular a los Servicios Divinos dependía de su deseo personal y de su convicción en la fe.
Esta pequeña experiencia personal me ha mostrado que, también hoy en día, es posible dar testimonio. Para ello es necesario, que todos juntos nos esforcemos de vivir como verdaderos hijos de Dios.
Con cordiales saludos
Wilhelm Leber

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