Palabra del mes

Septiembre 2019: Una cuestión de valoración

El que pronuncia una oración quiere poner algo en movimiento. Cuando presentamos una preocupación en oración ante Dios, intentamos conmover su corazón, metafóricamente hablado, para que se ocupe de nuestro problema. Cuando hacemos una intercesión queremos que Dios  cuide de nuestro prójimo. Cuando oramos por el retorno de Cristo, queremos „poner en marcha“ la cosa, para llegar por fin a la meta de nuestra fe.

Ahora se plantea la pregunta: ¿Acaso se mueve algo en nosotros? ¿Está vinculada nuestra oración a un movimiento del alma?

O dicho de otra forma: ¿Acaso podemos conmover a Dios con una oración, si esta no es capaz de mover algo en nuestra propia alma? Es poco probable.

Aunque oremos cada día y pidamos siempre por lo mismo: La oración debe ser un trabajo del alma, y esto no es posible sin un movimiento interior.

Impulso de un Servicio Divino del Apóstol Mayor