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El camino hacia la Iglesia Nueva Apostólica (6): El Testimonio – Exhortación e invitación

04.06.2013 Por: Manfred Henke

Una y otra vez, se habla del “Testimonio” de los Apóstoles ingleses. En 1871 el teólogo católico apostólico Ernst Adolf Rossteuscher lo consideró “la pieza más importante que la literatura eclesiástica en sí puede presentar desde la finalización del Nuevo Testamento”. Pero en 1847 el Apóstol Woodhouse sólo lo vio como un documento del momento que correspondía con “el estado de cosas” de 1836 y con “la medida de iluminación que Dios había dado en ese tiempo a sus siervos”.

Mensaje a todas las autoridades cristianas

El “Testimonio” fue publicado en 1837 sin título y comenzaba con un saludo: «A los Patriarcas, Arzobispos, Obispos y otros dirigentes de la Iglesia de Cristo en todos los países, a los emperadores, reyes, príncipes y otros gobernantes de las naciones de los bautizados». Fue creado porque los profetas exigían «un informe en contra de Babilonia». “Babilonia” fue el nombre que los autores le dieron al desorden en los asuntos espirituales en el que, según ellos, no sólo se encontraba la Iglesia, sino también la vida en el Estado que ya no se regía por los principios cristianos.

¿Reconocimiento de todos los ministerios de la Iglesia?

Incluso antes de escribir el Testimonio, los Apóstoles habían escrito una carta testimonial a la Iglesia Anglicana, que ya incluía mucho de lo que posteriormente formaría parte del  “gran” Testimonio. La carta testimonial dirigida al clero anglicano fue aprobada oficialmente en la Navidad de 1835, y desde enero de 1836 los Evangelistas iban llamando a las puertas de las iglesias parroquiales de Londres y otros lugares de Inglaterra. Querían preparar al clero para que ellos, junto con sus seguidores, adoptasen a los Apóstoles. Muchos clérigos permanecieron indiferentes; no obstante, uno de ellos, George Bellet, respondió indignado: poco antes las mismas personas habían llamado a su puerta proclamando que él y los suyos no eran verdaderos sacerdotes, debido al hecho de que sólo los Apóstoles podían instituir a los ministerios, no los Obispos. Y de repente escuchaba de ellos que Dios no quería ignorarlo ni a él ni a su ministerio.

Bellet dejó entrever dudas sobre la honestidad del ofrecimiento que le había sido hecho. Para él, el mensaje al clero fue demasiado contradictorio. No obstante, si leemos el Testimonio con mayor atención, dicha contradicción desaparece: cuando ya no hubo Apóstoles, según se explica allí, los cristianos habrían buscado un sustituto para ellos, deduciendo que los Obispos podrían instituir ministerios. Aunque eso no era lo que Dios había previsto, lo consintió, y obró también a través de esos hombres, pero de manera limitada.

Ahora de nuevo había Apóstoles, pero aún no habían sido enviados, por lo tanto, no podían ser identificados por un obrar lleno de fuerza. Sin embargo, pronto serían enviados y en ese momento cada eclesiástico debería decidir si quería seguir a los Apóstoles y así preservar su rebaño de los juicios del tiempo final.

La impureza de la Iglesia – cura o ruptura

En realidad los Apóstoles no contaron con que su mensaje a la cristiandad alejaría los juicios sobre “Babilonia”. La cristiandad no era la Iglesia “que era una, santa, católica y apostólica” de la Confesión de fe de Nicea-Constantinopla, sino más bien una variedad de “sectas”. Según los Apóstoles, al edificio de la Iglesia formada por este tipo de “sectas” se le debía aplicar lo que está escrito en Levítico (capítulo 14) sobre la lepra en una casa. Había que tratar primero de eliminar la lepra y mantener el edificio. De ahí el Testimonio. Si no se lograba la cura, entonces debería demolerse el edificio y llevar los materiales a un “lugar inmundo”.

El Apóstol Cardale comentó dicha disposición con las palabras: «Curamos a Babilonia, pero no ha sanado» (Jeremías 51:9). El Apóstol Woodhouse valoró en su comentario la conclusión de Jeremías: «Dejadla, y vámonos cada uno a su tierra». Ya en el círculo de Albury se relacionó este pasaje de la escritura con la exhortación del Apocalipsis: «Y oí otra voz del cielo, que decía: Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas» (Apocalipsis 18:4). Los Apóstoles escribieron el Testimonio, precisamente porque querían exhortar a salir de la “Babilonia” en la que se encontraba la Iglesia. Ya habían llegado a la conclusión de que la “Babilonia” de la Iglesia no merecía ser curada, incluso antes de redactar el Testimonio. Solamente quedaba demostrar que «esta Obra [de Apóstoles] hasta ese momento no ha sido una socavación de las normas existentes», según formulara el Apóstol Woodhouse en retrospectiva.

No una nueva secta, sino la Obra de Dios

La Obra de los Apóstoles, así proclamaron, «no es una nueva secta, sino es la propia Obra de Dios para la salvación de toda la cristiandad» (párrafo 113). Contraponían las comunidades apostólicas, cuyos portadores de ministerio, según estaban convencidos, fueron dados por Dios, a otras comunidades en las que vieron «sinagogas del anticristo con dirigentes elegidos por el propio pueblo» (párrafo 113).

De esta manera se originó una cierta contradicción con la definición de Iglesia que puede leerse al principio del Testimonio: «La Iglesia de Cristo es la comunión de todos los que están bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, sin distinción de época o país, separados de todos los demás por su bautismo».

Esta contradicción desaparece, si se reconoce en este documento una imagen ideal de la Iglesia, en la que se mide la realidad histórica en la cual están, en lugar de un cuerpo, las “sectas” anteriormente mencionadas. La verdadera Iglesia vuelve a ser visible gracias a los Apóstoles. Se esperaba que no todos los bautizados siguieran a los Apóstoles, sino que aproximadamente una décima parte de los cristianos constituyera un “remanente fiel” decidiéndose por la Obra de salvación dirigida por los Apóstoles antes de los juicios del tiempo final. Estas personas se reunirían no tanto por milagros, sino en primer lugar por la palabra de Dios: «Mediante palabras de verdad y vida, Él aparta a los santos remanentes de la masa de confesores de la cristiandad» (párrafo 116).

El bautismo fundamenta responsabilidad

Los Apóstoles no se vieron a sí mismos como fundadores de una nueva Iglesia, sino como los restauradores de la Iglesia establecida en la primera fiesta de Pentecostés. En este trabajo de restauración, se hizo un llamamiento a los miembros de todas las demás Iglesias. Esto se explicó de la siguiente manera:

«Sí Él [Dios] hubiese derramado el Espíritu Santo sobre cualquier secta en particular, esto no habría sido nada más que justificar una secta, ya que habrían faltado todos. Si hubiese derramado el Espíritu Santo sobre todos, esto habría sido como un reconocimiento de cada uno en su separación y autosatisfacción. Pero el propósito de Dios fue preparar a los Apóstoles y profetas, y de nuevo poner los viejos cimientos para volver a edificar su templo espiritual, de allí enviar a sus mensajeros e invitar a todos sus hijos para bendecirlos Él mismo» (párrafo 118).

Los bautizados no podían mostrarse neutrales ante el envío de los Apóstoles: «Si el Señor vuelve a enviar Apóstoles y profetas a su Iglesia y los bautizados los rechazan y los persiguen, entonces se declaran apóstatas. Y así, la luz deberá revelar la oscuridad» (párrafo 120).

El Testimonio, ¿declaración fundamental o documento de una época?

Pero, ¿por qué un documento que en 1847 se consideró como condicionado por el tiempo y una expresión de conocimientos de la época de los autores, unos años más tarde es tratado como una declaración fundamental de los Apóstoles?

La respuesta está en la historia sucesiva de la Obra Católica Apostólica: como la unidad de los doce Apóstoles se desintegró en 1841 y no se restauró en los años siguientes, el Testimonio fue el único documento público que los doce Apóstoles habían publicado en forma conjunta. En futuras diferencias de opinión, las partes contendientes lo interpretaron de manera diferente.

Categoría: History, 150 Years, Events