4.8.1 La ley de Cristo: la gracia

El Apóstol Pablo cita en sus explicaciones sobre la justicia procedente de la fe, algunos pasajes de los profetas del Antiguo Testamento, como ser Isaías 28:16 y Joel 2:32. Escribe: “Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan;porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo" (Ro. 10:10-13). En referencia al Evangelio, el Apóstol enfatiza la unidad del antiguo y el nuevo pacto.

La convicción de que todos los seres humanos son pecadores, propia del Nuevo Testamento, ya la encontramos en el Antiguo Testamento: “Contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos [...] He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre" (Sal. 51:4-5). La condición del pecador no puede ser expresada con mayor franqueza; aquí nada se detecta acerca de la hipotética superioridad del que se atiene a la ley por sobre el que es impío. Así, ya en el tiempo del Antiguo Testamento hubo algunos que reconocieron su necesidad de redención.

Isaías 49 a 56 también puede ser entendido como un anticipo del mensaje de gracia del Evangelio. Leemos en Isaías 53:4-6: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores. [...] El castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. [...] Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros".

Así como el antiguo pacto ya contiene referencias al Evangelio, también en el nuevo pacto la referencia a la ley es parte de la proclamación del Evangelio. Tanto en los Evangelios como en las epístolas de los Apóstoles se encuentra un conflicto con la ley y su nueva interpretación.

No es cuestión de invalidar la ley, sino más bien de entenderla apropiadamente, lo cual recién es revelado por el Evangelio de Jesucristo: “Porque Dios es uno, y él justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión.¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley" (Ro. 3:30-31).

Cristo es el cumplimiento y al mismo tiempo, el fin de la ley. De esa manera, se da por terminada la interpretación de la ley como camino de salvación (Ro. 10:4-5).

Mientras que en el antiguo pacto se suponía que la ley conducía a la vida y a vencer al pecado, el Apóstol Pablo deja en claro que ella únicamente lleva a conocer el pecado: “Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás" (Ro. 7:7).

Mientras que la ley mosaica, por un lado, debe dejar en claro al hombre que es pecador, también provee instrucciones para una conducta apropiada. Jesucristo resumió los contenidos siempre vigentes y necesarios de la ley mosaica en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo (Mt. 22:37-40).

Así, la “ley de Cristo" toma elementos importantes de la ley mosaica, precisamente la exhortación a amar a Dios y al prójimo (Dt. 6:5; Lv. 19:18), y destaca sus funciones fundamentales. Este contexto nuevamente deja en claro tanto los elementos contrapuestos como la interacción entre la ley y el Evangelio.

Lo que el devoto del antiguo pacto esperaba de la ley mosaica, pero que esta no podía cumplir, ahora se hace realidad en la “ley de Cristo": vencer el pecado.

Al serle concedida la gracia, el hombre es justificado ante Dios. La justificación del pecador es consecuencia del sacrificio de Cristo: “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida" (Ro. 5:18).

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