4.2.1.1 El hombre caído en el pecado

El hombre quiere elevarse por encima de su Creador. Así se quebró la relación inmutable con Dios. Esto tiene consecuencias significativas para el género humano hasta el día de hoy.

Adán es, asimismo, el arquetipo de todos los pecadores. Lo es por los móviles que lo llevaron a pecar, por su conducta en condición de pecador y también por la imposibilidad de hallar una solución después de la caída.

El pensamiento decisivo de transgredir un límite dado por Dios está contenido en la tentación: “[...] seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal" (Gn. 3:5). No querer tener a un Dios por encima de uno, sino ser uno mismo (un) Dios, no respetar más los mandamientos de Dios, sino hacer lo que apetece la propia voluntad y lo que se tiene ganas, son móviles de conductas pecaminosas.

La pecaminosidad de todos los hombres es presentada en el Génesis con un crecimiento vertiginoso de los pecados en el género humano: Caín, contrariando el consejo y la exhortación de Dios, se levanta contra su hermano y lo mata (Gn. 4:6-8). Más y más van aumentando con el paso del tiempo los pecados de los hombres, clamando al cielo, y Dios responde a ello con el diluvio (Gn. 6:5-7 y 17). Incluso después de ese juicio divino, la humanidad sigue en desobediencia y osadía frente a su Creador. A modo de ejemplo, la Biblia informa sobre las maquinaciones de quienes construyeron la torre de Babel (Gn. 11:1-8), a los que Dios hizo fracasar en su ambición desmedida.

El Apóstol Pablo escribe sobre este fenómeno de la pecaminosidad de todos los hombres después de la caída en el pecado y de la muerte espiritual que resultó de ella: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron" (Ro. 5:12).

La caída en el pecado trajo aparejados cambios en la vida de los hombres, cambios que ellos no pueden volver atrás. El miedo los distancia de su Creador, cuya proximidad ya no buscan, sino que se quieren esconder de Él (Gn. 3:8-10). Esto también trae perjuicios en la relación de los hombres entre sí (Gn. 3:12), así como en la relación de los hombres con la creación. A partir de ese momento el hombre conserva la vida penosamente, y al final quien fue tomado de la tierra volverá al polvo (Gn. 3:16-19).

El hombre ya no puede regresar a la condición de no tener pecados.

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