3.5.1.2 El Espíritu Santo y la encarnación del Hijo de Dios

Un acontecimiento central en la historia de la salvación es la encarnación de Jesucristo. La virgen María concibió del Espíritu Santo (Mt. 1:18; Lc. 1:35). Esta afirmación bíblica está incluida en la Confesión de fe nuevoapostólica: “Yo creo en Jesucristo, [...] concebido por el Espíritu Santo, nacido de la virgen María...".

También es el Espíritu Santo el que testifica sobre el envío del Hijo. La autoridad divina del Hijo de Dios hecho hombre se hizo evidente cuando descendió el Espíritu en el Bautismo de Jesús en el Jordán (Mt. 3:16-17; Jn. 1:32-34). De este modo, en su naturaleza humana, Jesús es ungido con el Espíritu Santo, a través del cual Dios lo confirma como el Mesías, el “Ungido". El Apóstol Pedro enseñó en la casa de Cornelio: “Vosotros sabéis lo que se divulgó por toda Judea, comenzando desde Galilea, después del bautismo que predicó Juan: cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret" (Hch. 10:37-38). Los Evangelios testifican que el Espíritu Santo está presente permanentemente en el Hijo de Dios hecho hombre (entre otros, Lc. 4:1, 14, 18 y 21).

EXTRACTO

La Sagrada Escritura asevera que el reconocimiento de Dios sólo se logra a través del Espíritu de Dios. (3.5)

El Espíritu Santo es verdadero Dios. Procede del Padre y del Hijo y vive eternamente en comunión con ellos. El Espíritu Santo es persona divina, que con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado como Señor. (3.5.)

El Nuevo Testamento habla de Él como el “Consolador" que estará para siempre, también como “poder" y “don de Dios". Como poder y don, el Espíritu Santo es transmitido en el Santo Sellamiento. (3.5)

Ser persona es parte de la naturaleza de Dios y se manifiesta en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. (3.5.1)

El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Como el Padre y el Hijo, el Espíritu Santo es Dios verdadero de Dios verdadero. No fue creado, y es de la misma naturaleza que el Padre y el Hijo, y, como ellos, es eterno. (3.5.1.1)

La encarnación de Dios en Jesucristo fue provocada por el Espíritu Santo, pues la virgen María concibió de Él. El Espíritu Santo dio testimonio del envío del Hijo en el Bautismo de Jesús en el Jordán. De este modo, en su naturaleza humana, Jesús es ungido con el Espíritu Santo, a través del cual Dios lo confirma como el Mesías, el “Ungido". (3.5.1.2)

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