3.4.8.6 Las parábolas y palabras simbólicas de Jesús

En sus prédicas, Jesús usaba muchas parábolas, incluyendo en esos discursos simbólicos el mundo cotidiano de sus oyentes. En Mateo 13:34-35 dice: “Todo esto habló Jesús por parábolas a la gente, y sin parábolas no les hablaba; para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo: ‘Abriré en parábolas mi boca; declararé cosas escondidas desde la fundación del mundo´".

Tomaba como tema para sus parábolas los elementos esenciales de su doctrina haciendo accesibles los misterios del reino de los cielos: “El reino de los cielos es semejante..." (Mt. 13:1ss.).

Más de cuarenta parábolas fueron transmitidas por los primeros tres Evangelios. A través de ellas, Él explicó aspectos esenciales del Evangelio: la cercanía del reino de Dios, el mandamiento de amor al prójimo, la actitud del hombre, la venida del Hijo del Hombre.

El reino de Dios está presente en Jesucristo

En la parábola de la semilla de mostaza, Jesús mostró el modesto comienzo del reino de Dios y su crecimiento. En la parábola de la levadura, dejó en claro que al final Cristo prevalecerá sobre todo (Mt. 13:31-33).

En la parábola del tesoro escondido en el campo y en la parábola de la perla de gran precio se muestra al hombre que reconoce la riqueza escondida en Cristo y aprovecha la posibilidad que se le ofrece de tomar parte en el reino de Dios (Mt. 13:44-46).

En este reino de Dios, el “reino de los cielos que se ha acercado", Dios se manifiesta como el Padre celestial lleno de amor. Así, las parábolas de la oveja perdida, de la moneda perdida y del hijo pródigo (Lc. 15:4-32) muestran la voluntad de reconciliación y el amor de Dios hacia el pecador. El Señor invita a todos sin acepción de personas, ofreciéndoles comunión con Él.

El amor al prójimo

Los mandamientos más grandes en la ley son amar a Dios y amar al prójimo. En el relato del buen samaritano (Lc. 10:30-35), el Hijo de Dios dio una idea clara de quién es el prójimo y de que el amor al prójimo significa no cerrar los ojos ante la necesidad de los demás, sino proveer ayuda. El modo de practicarlo puede deducirse también de la parábola del juicio de las naciones (Mt. 25:35-36).

La actitud del hombre

La parábola del fariseo y el publicano (Lc. 18:9-14) está orientada a la actitud del corazón del hombre: no aquel que se alaba por sus obras, sino aquel que se acerca a Dios en humildad y busca gracia, será hecho justo. También en la parábola del sembrador uno de los temas es la actitud del hombre: demuestra que para recibir correctamente la palabra de Dios es necesario un corazón temeroso de Dios (entre otros, Lc. 8:15).

La parábola del siervo malvado también está relacionada con la actitud del corazón: se trata del perdón y convoca a los que han recibido la gracia de Dios a acoger a los demás con misericordia. Para aquel que reconoce la grandeza del amor de Dios será una necesidad reconciliarse con el prójimo (Mt. 18:21-35).

La venida del Hijo del Hombre

En las parábolas sobre la venida del Hijo del Hombre, Jesús reveló acontecimientos futuros. Mateo 24:37-39 realiza una comparación entre el tiempo previo a su retorno y los días de Noé: el retorno de Cristo será repentino. En este sentido, la parábola del ladrón en la noche finaliza con la exhortación: “Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis" (Mt. 24:44). El mismo mensaje transmite la parábola de las vírgenes prudentes e insensatas (Mt. 25:1-13): hay que velar y estar preparados para el repentino retorno del Señor. La parábola de los talentos exhorta a aprovechar el tiempo previo al retorno de Cristo (Mt. 25:14-30).

Todas estas parábolas profundizan en la comprensión de lo expresado por Jesús sobre su retorno, sobre la salvación y el juicio, sobre su reinado en la consumación de los siglos, sobre las potestades del mundo y sobre la vida eterna como verdadera vocación de los hombres.

Palabras simbólicas

En el Evangelio de Juan se encuentran palabras simbólicas que ponen de manifiesto la naturaleza de Jesús y por lo tanto son una automanifestación del Hijo de Dios. En los “Yo soy" se presenta como “el pan de vida" (Jn. 6:35) y “la luz del mundo" (Jn. 8:12). Él también es la “puerta" para la salvación (Jn. 10:9) y la “vid" (Jn. 15:5). Jesucristo es “resurrección", “el camino, la verdad y la vida" (Jn. 11:25; 14:6); sólo Él abre el acceso a Dios, el Padre. Estos siete “Yo soy" muestran la pretensión sublime y divina de Jesús: Él no sólo es el Enviado del Padre, sino Dios mismo.

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