3.4.6.2 Señor

En el Antiguo Testamento, la denominación “Señor" es usada principalmente cuando se habla del Dios de Israel. En el Nuevo Testamento este título de nobleza también hace referencia a Jesucristo.

En la epístola a los Romanos podemos leer: “Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo" (Ro. 10:9). Surge de este texto la afirmación “Kyrios Iesous" (del gr.: “Jesús es el Señor"), una de las confesiones más antiguas del cristianismo temprano. Con todo eso, “Señor" no debe ser entendido como una forma respetuosa de dirigirse a alguien, sino que designa la autoridad divina de Jesucristo.

Después de su resurrección, el hecho de que Jesús es “el Señor" se convirtió para sus discípulos y discípulas en una certeza irrefutable. El Apóstol Tomás se dirigió al Resucitado con las palabras: “¡Señor mío, y Dios mío!" (Jn. 20:28).

El llamar “Señor" a Jesús intenta expresar también, que no es otro que Dios mismo quien ha tomado forma en Él.

El Apóstol Pablo escribe sobre el señorío de Jesús, que éste pone a la sombra a todos los demás monarcas, incluso al Emperador romano que reclamaba para sí la divinidad: “Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria" (1 Co. 2:7-8).

Como Jesús es el Señor de gloria, se le asigna un gran significado a la invocación de su nombre y a su adoración (Fil. 2:9-11).

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