3.4.2 El Verbo hecho carne

En Juan 1:1-18 se hallan enunciados fundamentales sobre la naturaleza de Dios y su revelación en el mundo. Se habla del principio, el origen del que dependen todas las cosas y del cual emana todo. Este principio, que en sí no supone condiciones y que trasciende toda temporalidad, está estrechamente asociado con el concepto utilizado en el griego “Logos", que habitualmente es traducido como “Verbo". El Logos, este poder, constituye el principio de la creación. Aquí, el Verbo y Dios están directamente correlacionados: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios" (Jn. 1:1). Dios y Verbo, ambos son eternos.

En Juan 1:14 se hace referencia a la presencia del Logos sobre la tierra: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad". El trascendental Verbo divino, que en el principio está con Dios, entra ahora en la esfera terrena, y aún más: él mismo fue hecho carne, el eterno Verbo fue hecho verdadero hombre.

La afirmación: “Y vimos su gloria" se refiere al Hijo de Dios hecho carne, a la realidad histórica del “Verbo hecho carne". Aquí se hace referencia al círculo de los testigos de la actividad de Jesús sobre la tierra. Los Apóstoles y discípulos tenían una comunión directa con el Hijo de Dios, el Verbo hecho carne (1 Jn. 1:1-3).

La gloria del Padre, puramente de allende, se hace realidad histórica en la gloria del Hijo, terrena y perceptible directamente. Así, el Hijo de Dios puede decir de sí: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Jn. 14:9).

Hebreos 2:14 fundamenta por qué el Verbo fue hecho carne: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él [Jesucristo] también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo".

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