3.4.11.3 El cuerpo de resurrección de Jesucristo

El cuerpo de resurrección de Jesucristo es un cuerpo glorificado. Su resurrección no significa un regreso a la existencia terrena; se diferencia básicamente de cuando hizo resucitar a Lázaro (Jn. 11:17-44), quien más adelante volvió a morir. El Cristo resucitado había sido arrebatado definitivamente de la muerte: “Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él" (Ro. 6:9). Dios hizo resucitar a Jesús y no permitió que su cuerpo viera corrupción (Hch. 13:34-35).

Cristo vive por el poder de Dios (2 Co. 13:4). Después de la resurrección, su cuerpo glorificado está más allá de la temporalidad y la mortalidad de la carne; no está atado a espacio ni tiempo. Con este cuerpo, el Señor se puso en medio de sus discípulos (Lc. 24:36), pasó a través de puertas cerradas (Jn. 20:19 y 26), partió el pan con los discípulos (Lc. 24:30), les mostró las marcas de sus heridas y comió con ellos (Lc. 24:40-43). Con esto puso en claro que no era un “espíritu", sino que estaba físicamente presente en medio de ellos como Jesucristo.

El Apóstol Pablo compara el cuerpo de resurrección de Cristo con el cuerpo que tendrán los muertos en Cristo después de su resurrección. Es un cuerpo espiritual, que resucitará en gloria y en poder (1 Co. 15:42-44). Los que estarán vivos recibirán en la transfiguración que ocurrirá en ocasión del retorno de Cristo, un cuerpo semejante al cuerpo de la gloria de Cristo (Fil. 3:21).

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