3.4 Dios, el Hijo

El profesarse a Jesucristo como el Hijo de Dios forma parte de los fundamentos de la fe cristiana.

Lo expresado en el 2º artículo de la fe: “Yo creo en Jesucristo, el unigénito Hijo de Dios, nuestro Señor", expresa en pocas palabras lo que creemos. La Confesión de fe de Nicea-Constantinopla (ver 2.2.2) desarrolla el contenido de esta creencia: “Creo [...] en un solo Señor Jesucristo, Hijo de Dios unigénito y nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Engendrado, no hecho, consustancial con el Padre, por quien fueron hechas todas las cosas".

Si hablamos de “Dios, el Hijo", nos estamos refiriendo a la segunda persona de la Trinidad Divina, que vive y reina en comunión con Dios, el Padre, y Dios, el Espíritu Santo, de eternidad en eternidad. El concepto “engendrado" no debe entenderse biológicamente, sino como un intento de expresar en palabras la relación llena de misterio entre Dios, el Padre, y Dios, el Hijo.

Entre Dios, el Padre, y Dios, el Hijo, no existe en absoluto diferencia jerárquica, aunque los conceptos “Padre" e “Hijo" pudiesen sugerir un orden de sucesión o de precedencia. Padre e Hijo son verdadero Dios en la misma medida. Tienen la misma sustancia. Esto está expresado en Hebreos 1:3: El Hijo es “la imagen misma de su sustancia [del Padre]".

Dios, el Hijo, se hizo carne en Jesucristo y al mismo tiempo siguió siendo Dios: Dios entró en la realidad histórica y obró en ella. La fe en Dios, el Hijo, es inseparable de la fe en Jesucristo como una persona que está presente y activa en la historia. La Confesión de fe lo pone en claro señalando los eventos esenciales de la vida del Hijo de Dios hecho carne y, al mismo tiempo, mostrándolos como base para los eventos de la historia de la salvación: “Yo creo en Jesucristo, el unigénito Hijo de Dios, nuestro Señor, concebido por el Espíritu Santo, nacido de la virgen María, que padeció bajo Poncio Pilato, que fue crucificado, muerto y sepultado, que entró en el reino de la muerte, que al tercer día resucitó de los muertos y ascendió al cielo, y está sentado a la diestra de Dios, el Padre todopoderoso, de donde vendrá nuevamente".

Jesucristo es verdadero hombre y verdadero Dios. Tiene dos naturalezas, una humana y una divina, ambas están presentes en Él puras, inalterables, inseparables e indivisibles.

En su naturaleza humana, Él es como todo otro ser humano; en lo único que se diferencia de ellos es en que vino al mundo sin pecado, nunca pecó y fue obediente a Dios, el Padre, aun en la muerte en la cruz (Fil. 2:8).

En su naturaleza divina, también durante su humillación en la tierra, sigue siendo invariablemente verdadero Dios en omnipotencia y perfección. De múltiples maneras Jesús mismo reveló el misterio de su persona, así por ejemplo con las palabras de Mateo 11:27: “Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar". El reconocimiento de que Jesucristo es el Hijo de Dios, es revelación divina: “Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna" (1 Jn. 5:20).

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