3.3.3 La caída del hombre

Después de haberlo creado, Dios permitió al hombre un trato directo con Él. Por medio del mandamiento de no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, se muestra ante el hombre como el Señor y Dador de la ley, que espera obediencia.

Por la influencia del maligno, el hombre cae en tentación y sucumbe a ella, violando el mandamiento dado por Dios: el pecado ha ingresado en la existencia humana; esto implica la separación de Dios, la muerte espiritual. El hombre se da cuenta de lo acontecido reconociendo su desnudez, por la que se avergüenza (Gn. 3:7-10). La vergüenza es una señal de que se ha destruido la confianza original del hombre hacia su Creador. La desobediencia del hombre lleva a que Dios lo excluya de la comunión que tenía hasta entonces con Él.

Esta separación provoca que el hombre de allí en más tenga sobre la tierra una existencia llena de preocupaciones, que culmina con la muerte del cuerpo (Gn. 3:16-19). El hombre, por sus propios medios, no puede dejar sin efecto ese estado de separación de Dios.

Desde la caída en el pecado, el hombre es pecador, es decir, que está asediado por el pecado, siendo incapaz de vivir sin pecado. Vive acompañado de dolores y preocupaciones, en un mundo sobre el cual pesa la maldición de Dios. El temor ante la muerte constituye la impronta de su vida (ver 4.2.1).

En todo esto se manifiesta que la libertad original del hombre ha experimentado una limitación decisiva: aunque el hombre de allí en más se esfuerce por llevar una vida acorde a la voluntad de Dios, fracasará una y otra vez porque el mal ejerce potestad sobre él. Así, toda su vida debe ser “siervo", es decir, no es libre, y está sujeto por el pecado.

Mas el hombre como pecador no queda sin el consuelo y la asistencia de Dios, quien no lo deja en la muerte. En presencia del hombre, Dios dirige a la serpiente las palabras: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar" (Gn. 3:15). Esta es una primera indicación al sacrificio de Jesús, por medio del cual el Señor vence el mal.

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