3.3.2 El hombre como imagen de Dios

Dios concedió al hombre una posición especial entre todas las criaturas y le procuró una relación estrecha con Él mismo: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó" (Gn. 1:26-27).

El hombre se destaca por su relación tanto con la creación visible como con la invisible, ya que debido al accionar divino tiene esencia material e inmaterial: “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente" (Gn. 2:7). Dios coloca en su criatura más excelsa el poder de vida y le garantiza ser partícipe de características divinas esenciales, como amor, personalidad, libertad, entendimiento, inmortalidad. Dios capacita al hombre para reconocer al Creador, amarlo y alabarlo. De esa manera, el hombre está orientado a Dios, incluso si no reconoce siempre al verdadero Dios y coloca otra cosa en su lugar.

Como es Dios quien ha concedido al hombre tanto esencia física como espiritual, ambas son dignas de respeto.

Que el hombre haya sido creado a imagen de Dios significa que ocupa una posición excepcional dentro de la creación visible: Dios se ha dirigido a él y lo ama.

Esta semejanza del hombre con Dios indica, además, que Dios se ha hecho hombre en Jesucristo, la “imagen del Dios invisible" (Col. 1:15). Jesucristo es el segundo “Adán" (1 Co. 15:45 y 47), en el cual la semejanza con Dios se puede ver en forma perfecta.

El hecho de que el hombre haya sido creado a imagen de Dios no quiere decir que a partir de la persona del ser humano se pueden sacar conclusiones sobre la naturaleza de Dios. Esto sólo es así en el caso de Jesucristo.

Dios ha creado al hombre como un ser dotado de la facultad del habla. Esto también en relación con su semejanza con Él. Dios habló por toda la eternidad. A través del Verbo ha hecho todo y ha llamado al hombre por su nombre. Al escuchar que Dios se dirige a él, el hombre se hace valer a sí mismo como persona. En el “tú" de Dios, el hombre llega a ser “yo". Está capacitado para alabar a Dios, comunicarse con Él en la oración y escuchar la palabra de Dios.

También la posibilidad de tomar decisiones libremente se retrotrae al hecho de que el ser humano fue creado a imagen de Dios. Al serle concedida esta libertad, al mismo tiempo fue impuesta al hombre la responsabilidad de sus actos. Está subordinado a las consecuencias de su proceder (Gn. 2:16-17).

El varón y la mujer son imagen de Dios en la misma medida y por lo tanto, ambos son iguales en su esencia. No sólo fueron creados el uno con el otro, sino también el uno para el otro y poseen el mismo encargo de “señorear" sobre la tierra, es decir, de darle forma y preservarla. El poder otorgado al ser humano no lo autoriza a manejar la creación arbitrariamente. Justamente como él es imagen de Dios, más bien está comprometido a tratar a la creación como corresponde a un ser divino: con sabiduría, benevolencia y amor.

EXTRACTO

Dios, el Creador de la totalidad de la realidad que podemos experimentar, le asignó al hombre su espacio vital y le encargó que reine sobre la tierra y la preserve. El hombre está obligado a tratar con gran consideración a toda vida y a su espacio vital. (3.3.1.2)

Dios creó al hombre a su imagen. El hombre se destaca por su relación tanto con la creación visible como con la invisible. Dios coloca en el hombre poder de vida (“aliento") y le garantiza ser partícipe de algunas características divinas. (3.3.2)

Que el hombre haya sido creado a imagen de Dios significa que el hombre ocupa una posición excepcional dentro de la creación visible: Dios se ha dirigido a él y lo ama. El varón y la mujer son imagen de Dios en la misma medida. (3.3.2)

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