3.1.3 Dios, el Santo

En el Antiguo Testamento, Dios es llamado reiteradamente “el Santo" (Is. 43:3; Jer. 50:29; Hab. 1:12). La santidad, que alude a lo majestuoso, sagrado y alejado de lo profano, forma parte de la naturaleza de Dios, de su ser y su obrar. Lo testifica Apocalipsis 4:8: “Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir" (Is. 6:3). Su palabra y su voluntad son igualmente santas.

La proximidad de Dios, la presencia del Santo, experimentada reiteradamente en la historia de la salvación, impone veneración ante Él. Moisés experimentó que la cercanía de Dios es santa e impone veneración, cuando vio la zarza ardiendo y escuchó la voz de Dios: “No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es" (Ex. 3:5). La santidad de Dios santifica el lugar de su manifestación.

Participar de la santidad de Dios es un regalo y un deber al mismo tiempo: “Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios" (Lv. 19:2; comparar con 1 P. 1:15-16). Así, cada creyente es convocado a esforzarse por alcanzar la santidad derivada de la santidad de Dios. De esa manera “santificará" el nombre de Dios, lo cual se expresa también en la oración del “Padre Nuestro": “Santificado sea tu nombre" (Mt. 6:9).

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