3.1.2 Dios, el Uno

La fe en un solo Dios forma parte de las confesiones fundamentales del Antiguo y del Nuevo Testamento. Dios mismo habló a Moisés sobre la unidad y la fidelidad a sí mismo expresadas en su nombre: “Yo soy el que soy" (Ex. 3:14). La confesión a la unicidad de Dios: “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es" (Dt. 6:4), acompañó al pueblo del antiguo pacto a través de toda su historia.

Si bien ya el primer mandamiento afirma con toda claridad: “No tendrás dioses ajenos delante de mí" (Ex. 20:3), Israel recorrió un largo camino hasta profesarse a la unicidad de Dios excluyendo a todos los demás dioses y la adoración de los mismos. Los profetas tuvieron que reprochar al pueblo una y otra vez la adoración de dioses ajenos. En Isaías 45:21-22 encontramos las palabras de Dios: “No hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ningún otro fuera de mí. Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más". Después de regresar de la cautividad babilónica, la confesión al único Dios (monoteísmo) llegó a ser en la convicción de los judíos la característica esencial que los distinguía de los gentiles. La fe expresada en el libro de la Sabiduría caracteriza al judaísmo hasta hoy: “Porque aparte de ti, no hay ningún dios" (Sabiduría 12: parte del versículo 13).

Esta confesión también está arraigada en la fe cristiana, desde las primeras comunidades hasta la actualidad. El Apóstol Pablo defendió al monoteísmo sin limitaciones. Con respecto al politeísmo de las religiones griega y romana escribió: “Sabemos que [...] no hay más que un Dios" (1 Co. 8:4).

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