2.4.3 El tercer artículo de la fe

Yo creo en el Espíritu Santo, en la Iglesia, que es una, santa, universal y apostólica, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna.

Al comienzo del tercer artículo se confiesa la fe en el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es la tercera persona de la divinidad. Sobre la naturaleza divina del Espíritu Santo y su unión con el Padre y el Hijo hace mención la Confesión de fe de Nicea-Constantinopla: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y vivificante, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo ha de ser adorado y glorificado, que habló por los santos profetas". Aquí el creyente se profesa al Espíritu Santo y a su naturaleza divina.

Una obra del Espíritu Santo es la Iglesia. La Iglesia no es algo que salió de los hombres ni fue creado por ellos, antes bien es una dádiva divina. Es la reunión de aquellos que están bautizados, llevan su vida en el seguimiento a Cristo y se confiesan a Jesucristo como su Señor. El destino de la Iglesia de Jesucristo consiste, por una parte, en hacer accesible al hombre la salvación y la comunión eterna con el trino Dios y, por otra parte, en ofrecer adoración y alabanza a Dios.

La Iglesia de Jesucristo tiene un lado escondido y un lado visible. En este sentido, la Iglesia de Cristo se remite a las dos naturalezas de Jesucristo, que es verdadero hombre y verdadero Dios al mismo tiempo. El lado escondido de la Iglesia (ver también 6.3) no puede sondearse con el entendimiento humano, pero se hace accesible por la fe y puede experimentarse, por ejemplo, en los Sacramentos y en la palabra de Dios en la prédica, es decir, en todas las señales de salvación divina y cercanía divina. El lado visible de la Iglesia hace referencia a la verdadera naturaleza humana de Jesucristo. Al igual que el hombre Jesús, la Iglesia es parte de la historia de la humanidad. Sin embargo, el hombre Jesús no tuvo pecado, pero esto no sucede en el lado visible de la Iglesia, pues debido a que obran en ella los hombres, toma parte de su pecaminosidad. Por lo tanto, en la Iglesia también se encuentran errores y deficiencias.

El Símbolo de los Apóstoles habla únicamente de la “santa Iglesia universal". La formulación “que es una, santa, universal y apostólica" proviene de la Confesión de fe de Nicea-Constantinopla. Esta formulación destaca los criterios esenciales de la Iglesia de Cristo: ella es “una", ella es “santa", ella es “universal" y ella es “apostólica".

La Iglesia es “una": El hecho de que la Iglesia de Jesucristo es una, tiene su fundamento en la confesión a Dios, que es uno. Dios, el Padre, es el Creador. Jesucristo es la única cabeza de la Iglesia, Él es el Señor, que es uno. El Espíritu Santo, que es uno, obra en esta Iglesia y llena a los creyentes con el reconocimiento de la verdad.

La Iglesia es “santa": La santidad ha sido concedida a la Iglesia por Dios. En ella se hace visible lo santo - en los Sacramentos - y obra en ella el Espíritu Santo.

La Iglesia es “universal" (del gr.: “católica"): La universalidad o catolicidad de la Iglesia significa que abarca todo, por lo que supera ampliamente todo lo que el hombre puede llegar a experimentar. En la Iglesia halla su expresión directa la voluntad universal de salvación de Dios, en tanto que comprende este mundo y el del más allá, lo pasado y presente. También llega al futuro, hallando su consumación en la nueva creación.

La Iglesia es “apostólica": La apostolicidad de la Iglesia tiene un aspecto contextual y un aspecto personal. La Iglesia es apostólica, en primer lugar, porque en ella es proclamado el Evangelio de la muerte, la resurrección y el retorno de Cristo, así como lo han predicado los Apóstoles del primer tiempo. Por otro lado, la Iglesia es apostólica porque en ella el ministerio apostólico se hace realidad históricamente en Apóstoles actualmente activos.

En su realización histórica, la Iglesia no responde plenamente al mandamiento de unidad, santidad, universalidad y apostolicidad. Esto estriba, entre otras cosas, en la pecaminosidad de los hombres que obran en ella. A pesar de estas insuficiencias, la Iglesia de Cristo no permanece escondida o inaccesible. Se percibe con la mayor claridad allí donde se encuentran el ministerio de Apóstol, la dispensación de los tres Sacramentos a vivos y muertos, como también el verdadero anuncio de la palabra. Allí está erigida la Obra Redentora del Señor [3], donde se está preparando a la novia de Cristo para las bodas en el cielo.

Aunque todos los creyentes en general son partícipes de la santidad de la Iglesia, la “comunión de los santos", en sentido estrecho, es una magnitud escatológica. Está formada por aquellos que pertenecerán a la novia, es decir que recién se manifestará en el retorno de Cristo. En sentido más amplio, no obstante, “comunión de los santos" también es una magnitud presente: forman parte de ella todos los que pertenecen a la Iglesia de Cristo. Finalmente, la comunión de los santos se mostrará en la nueva creación en su consumación.

La posibilidad del “perdón de los pecados" que tiene su origen en el sacrificio de Cristo, también es un objeto de la confesión. La liberación fundamental del dominio del pecado tiene lugar en el Santo Bautismo con Agua, en el cual es lavado el pecado original.

El tercer artículo de la fe finaliza con dos esperanzas escatológicas, que son la “resurrección de los muertos" y la “vida eterna". La fe en la resurrección de Jesús y la consiguiente resurrección de los muertos, forman parte de las convicciones cristianas esenciales. La “resurrección de los muertos" significa que los muertos en Cristo reciben su cuerpo glorificado, con el cual pueden ser partícipes de la gloria de Dios (1Co.15:42-44).

El tercer artículo de la fe concluye con una mirada a la “vida eterna", la comunión infinita con Dios en la nueva creación.

[3] Bajo el concepto “Obra Redentora del Señor" se entiende en general el acto salvífico de Jesús, el cual ya finalizó. Si este concepto se utiliza aqui es para hacer referencia a la parte de la Iglesia en la que están activos los Apóstoles y transmiten aquellos dones salvíficos que sirven a la preparación de las primicias, la novia de Cristo.

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