2.2 Surgimiento de las Confesiones de fe de la Iglesia antigua

Cuando el Evangelio se propagó más y más en el Imperio Romano, muchos de los que se habían convertido a la fe cristiana permanecían arraigados, por lo menos en parte, a sus antiguas convicciones religiosas o filosóficas. De la unión de estas convicciones con la doctrina cristiana resultaron doctrinas heréticas que confundían a los creyentes. En particular, la Trinidad Divina y la doctrina de la naturaleza de Jesucristo causaron severos conflictos. Para remediar este problema, se realizaron esfuerzos para formular Confesiones de fe que fueran valederas para la fe de la comunidad y, por consiguiente, para la fe de cada creyente. El criterio para decidir si un enunciado sobre la naturaleza y el obrar de Dios podía formar parte de una Confesión de fe, era su conformidad con la enseñanza de Jesucristo y sus Apóstoles. En el curso del tiempo fueron formuladas las siguientes Confesiones de fe: la Confesión de fe apostólica, la Confesión de fe de Nicea-Constantinopla y la Confesión de fe atanasiana.

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